HUBIERA SIDO un contrasentido que Adán Martín pronunciase su discurso sobre la situación del Archipiélago -o el estado de la nacionalidad, si se prefiere- con la renuncia previa a no continuar como presidente. O cuando menos a no ser candidato, habida cuenta que concurrir a las elecciones es sólo un primer paso; luego hay que ganarlas. Superado el trámite del debate, nada le impedía comunicar una decisión que posiblemente no había adoptado mucho tiempo atrás; al menos de forma firme. Fue durante el fin de semana previo al debate, mientras le daba los últimos toques al discurso del lunes acompañado por sus colaboradores más directos, cuando tuvo claro que no quería seguir. O no podía, salvo que optase por la vía de abrir una crisis dentro de su propia formación política. Algo desaconsejable en circunstancias como las actuales. Habrá que hilar muy fino a la hora de pactar tras las próximas elecciones para seguir en el Poder, y eso no se consigue fácilmente si uno tiene revuelta su propia casa.
Sobra decir que esta es la versión oficial. La realidad puede ser distinta. Con el paso de los años uno se acostumbra a preguntar lo mismo muchas veces y en múltiples situaciones, siempre de forma distinta a la anterior. Así se escuchan variadas respuestas. Los ingredientes oportunos para un cóctel del que a veces se puede destilar un centímetro cúbico de verdad. Un proceso no necesariamente similar a este, pero tampoco obligatoriamente contrapuesto, me hacía intuir que al final Adán Martín seguiría. Está cansado. No físicamente cansado, aunque también, sino un tanto aburrido del charco pestífero en el que se ha convertido el ruedo político. Se puede pelear constantemente contra los adversarios por muy agotador que resulte; el sueldo incluye esa calamidad. Luchar contra los enemigos es más descorazonador. Esencialmente porque los enemigos, como tuvo que explicarle Churchill a un parlamentario neófito, no se sientan en los bancos de la oposición sino en los del propio partido. Es esa reyerta en el seno de CC lo que quizá ha terminado de agotarlo. Una situación, dicho sea de paso aunque conviene aclararlo, a la que no es ajena el PSOE o el PP. Ahí tenemos el reciente espectáculo en la agrupación socialista de Santa Cruz, y otro similar hace unos meses con el asunto de las primarias suspendidas por decisión de Pepiño Blanco y su clan. El caso es, y en eso estábamos, que el presidente posiblemente haya decidido marcharse al ver la desidia con que escuchaban su discurso los propios diputados nacionalistas. Un discurso, conviene subrayarlo, escrito de forma que fuese válido tanto para seguir como para despedirse.
Queda en el aire la pregunta de si Adán hubiera continuado en el supuesto de encontrar un apoyo más entusiasta, en ese sentido, dentro de CC. Aquí caben todas las especulaciones, desde luego, aunque a estas alturas no merece la pena dedicarle un minuto a ninguna. También queda pendiente dilucidar si al final Mauricio se ha salido con la suya. Su intención era que Adán Martín no se fuera por la puerta grande, y en parte lo ha conseguido. Pero esa también es una cuestión baladí. De aquí al sábado el debate es otro y en los pronósticos destaca un nombre. Aunque el nacionalismo canario siempre ha sido pródigo en sorpresas.
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