DOS SON LAS CONCLUSIONES a las que llegan quienes deambulan, algunos haciéndose invitar, por los llamados cenáculos madrileños. Una: la legislatura de Zapatero está acabada. Dos: Mariano Rajoy es incapaz de aprovechar esa circunstancia para poner al PP por delante del PSOE en intención de voto.
El encanto del talante está finiquitado porque tras el atentado de ETA no le queda al Gobierno clavo alguno al que asirse, habida cuenta que los otros grandes ejes de su actuación no han corrido mejor suerte. La Alianza de Civilizaciones, en el plano internacional, es un cúmulo de intenciones en el que no cree nadie. Salvo el primer ministro turco por razones obvias -necesita aliados que apoyen la entrada de su país en la UE-, y Kofi Annan, sobre el que pende la espada de la sospecha desde el año 2004, cuando se vio involucrado, junto a su hijo Kojo, en una presunta corrupción del programa petróleo por alimentos. Estos son los adeptos de Zapatero en la promoción de su alianza.
La política interna no ha ido mejor. Al visible fracaso en la lucha contra el terrorismo hay que añadir otros fiascos en temas que inquietan: una inadecuada política inmigratoria, una violencia doméstica cuyos crímenes han aumentado en un cincuenta por ciento pese a la Ley asimétrica de la que tanto alardea Caldera, y una economía que ha crecido basada en el consumo interno, pero cuya productividad -verdadero parámetro de cualquier despegue sólido- está estancada desde hace años. Eso por no hablar de la inseguridad ciudadana, cuya existencia ya no logra ocultar ni el concienzudo maquillaje de las estadísticas.
Por añadidura, la población moderada -ese centro que se inclina a la izquierda o la derecha según las circunstancias, y que pone o quita un Gobierno en menos de tres días- empieza a estar cansada de los ardides de Zapatero. Pero su voto no recala en el PP. Rajoy mantiene un rancio estilo de señor de casino provinciano, mientras que Zaplana muestra maneras de todo lo contrario: un chuletas periférico con aires de sobrado que ha llegado a la capital para comérsela. Actitud, en cualquier caso, bastante más admisible en política que la de Ángel Acebes, de quien es mejor no hablar.
En este equipo no puede confiar ese votante de centro ya mencionado; a decir verdad, en estos personajes no puede confiar sino el electorado adepto. El que mantendría su fidelidad al PP -o al PSOE, si hablamos del otro bando- aunque el candidato fuese el doctor Fuman-Chu. Situación traducible punto por punto a Canarias, con un Soria enrocado en sí mismo, una CC con el líder por decidir -veremos qué ocurre de aquí al lunes- y un ministro candidato que ya no cuenta con el tirón de su partido en el ámbito nacional. Eso sí, se dice también en los cenáculos de la Villa y Corte que el PSOE confía en que ganará las autonómicas del Archipiélago, y que tiene suficientemente trincados a los nacionalistas para que no se les ocurra pactar con el PP. Acaso de ahí la abstención de CC en el Parlamento regional a la hora de votar la propuesta de los populares contra la política inmigratoria de Zapatero, pese a que en muchos aspectos era reflejo fiel de las continuas quejas del Gobierno canario. A lo peor va a ser cierto lo que se comenta en Madrid.
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