el gran apetito
de las manadas salvajes, de los rebaños domésticos, de los frugívoros simios y de nosotros mismos para las hierbas se ha tendido exasperadamente y siempre en torno al verdor de los vegetales. El hecho de comer de todo, hasta a nuestros vecinos, sigue implicando una vital dependencia del mundo vegetal. Ya las huertas existen sólo en afortunados reductos de aficionados pensionistas, nostálgicos hijos de "los siervos de la tierra" y dentro de los pocos cultivos biológicos que hay por ahí. El paisaje rural ha cambiado en todo el planeta: los cultivos intensivos se han sustituido por extensiones de cereales, frutas, y verduras. Ya no hay pequeñas arrugas en la piel de la tierra. Pero, sigue intacto el deseo de las plantas y su ensueño. La reunión social en torno a los granos es un recuerdo de algunos; las zanahorias no se limpian y las lechugas crecen sobre alfombras de plástico negro. Aunque enlatadas o congeladas, las verduras siguen entrando en nuestras casas con algo de color. Recuerdo de pequeño pelar cajas de habichuelas y descascarar guisantes a montones, en compañía de todos: algo así como ir al centro comercial para reunirnos y "hacer algo". Si el crudo de las verduras ya no es un acontecimiento social que nos consolida como grupo humano, las bolsas de ultracongelados y las lechugas empaquetadas sanitariamente fiables, siguen transportando el eco de vitaminas y energías indispensables a la vida. El potaje de cada cual, la crudidad de una ensalada, los zumos que son los aceites, el vino, el vinagre y de los cítricos y la riqueza sencilla de las harinas del cereal insisten en reclamar nuestra atención vital. Este delicado mundo dormido y soñante de raíces y frutos, devastado por nuestros apetitos naturales nos deja respirar todavía, aunque la triada sagrada del pensamiento humano "Bienestar, Comodidad y Provecho" implica una visión totalmente virtual de lo que es cultivar, recolectar y cocinar entre hojas, flores y tubérculos. Es la supremacía del deseo sobre la satisfacción, la hegemonía de la necesidad en contra del exceso. Las plantas, con su pasividad, siguen dominando nuestros estómagos, se han adaptado a nuestras exigencias y se dejan cocinar de mil maneras nuevas y distintas. El progreso mecánico, químico o tecnológico nos deja sobrevivir enlatados en un mundo frío y helado, donde las vitaminas siguen ganando. ¡Increíble maravilla! www.restaurantemahakala.com