Si no me falla la memoria, creo recordar que lo he contado en alguna que otra ocasión. Pero me apetece reincidir en la batallita. Experimenté la curiosa anécdota hace bastantes años en una ciudad peruana llamada Huancavelica. Nombre que siempre me ha resultado difícil de pronunciar. El caso es que necesitaba limones porque tenía la garganta como el esparto. Supuse que los encontraría en un mercado local; en realidad una de tantas plazas de esta población, donde los quechuas llegados de los alrededores extendían las esteras y ofertaban sus productos. Tuve suerte. Nada más llegar encontré a una mujer con un montoncito de limones frente a ella. Quince o veinte; algo así. "Se los compro todos", le dije. "¿Cuánto cuestan?". "Todos no se los puedo vender, señor", respondió con una seriedad que no dejaba abierto el menor resquicio a la negociación. Pensé que los tenía reservados para alguien. En absoluto. Para mi estupefacción, tuvo a bien explicarme, con el laconismo propio de los Andes, que no podía venderme el cargamento completo porque de ser así no tendría nada más que despachar el resto del día.
Entonces no llevaba demasiado tiempo en la sierra y el altiplano para comprender estas sutilezas de carácter. Luego las aprendí, aunque no siempre por las buenas. "¿Y qué iba a hacer con el dinero de los limones? ¿Irse de vacaciones a Miami?", me comentó tiempo después un tipo de estos alrededores al que le comenté el lance. Aquella mujer estaba acostumbrada a permanecer en el mercadillo todo el día. Liberarla de tal obligación a las 11 de la mañana, como pretendía, no le suponía alivio alguno. Más bien la abocaba a un angustioso vacío.
No hay que ir demasiado lejos, en cualquier caso, para encontrar gente que se considera normal pero que no puede desprenderse de sus limones así como así. En caso contrario, como la chola de Huancavelica, se quedarían de brazos cruzados no ya todo el día, sino todo el resto de sus vidas. Verbigracia, esos heroicos luchadores por la libertad del pueblo vasco que nunca atacan de frente, sino con un tiro en la nuca o poniendo bombas que explotan cuando ellos ya están lejos. Imaginemos por un momento que los sueños de Zapatero y su mundo maravilloso se sustantivan en algo real a este lado del espejo de Alicia. Entiéndase que se acaba la violencia en el País Vasco. ¿Qué iba a ser de tanto pistolero a partir de ahora? Posiblemente no les quedaría más remedio que enfundarse el mono azul y fichar cada día a las ocho en el taller. Pero un taller barato, más bien de chapuzas, porque la mecánica actual requiere una formación profesional de la que carecen. No han tenido tiempo de aprenderla porque el arte de dar el golpe y salir corriendo también requiere su técnica, y adquirirla supone cierta dedicación exclusiva.
Ya en un terreno menos escabroso, existen igualmente numerosos individuos que no pueden quedarse sin limones. Estoy pensando en los asesores de cargos públicos. ¿Se imaginan cuántos tendrían que recoger la esterilla y mandarse a mudar si los políticos, debido a alguna acción divina o simplemente por simple evolución biológica, llegasen a ser algún día competentes por sí mismos? Una catástrofe para las estadísticas del INEM o la Agencia Canaria de Empleo. Créanme que sí.
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