En Mauritania no abundan los gordos. Ciertamente tampoco hay muchos restaurantes de comida rápida. Alguno que otro en Nouakchott, aunque bastante distinto a nuestras hamburgueserías de conocidas marcas comerciales. Ya en serio, la obesidad entre las mujeres sí resulta un tanto problemática. Al menos lo suficiente para preocuparle a Pino González Quintana, coordinadora de Médicos del Mundo en Nouadhibou. Junto a ella trabajan varios cooperantes canarios que hacen cuanto pueden no tanto para mejorar las condiciones de vida de la población mauritana en general -algo realmente imposible con los medios disponibles-, sino al menos para aliviar los problemas individuales de quienes acuden a ellos. Una labor que requiere trabajar sin horario los siete días de la semana.
Se puede conocer el volumen de la cooperación canaria con Mauritania sin necesidad de visitar este país. Basta con recurrir a los presupuestos autonómicos y comprobar los recursos consignados bajo este epígrafe. Es sobre el terreno, no obstante, donde dicha cooperación se aprecia en toda su magnitud. Actualmente Mauritania es el país africano donde más interviene Canarias. ¿Intereses pesqueros? Eso no es ningún secreto. Me lo comentó hace un par de días incluso un mando de la Gendarmería, con el que estuve hablando un rato en el paso fronterizo de Rosso, al borde del río Senegal. Sobra decir que los mauritanos comunes y corrientes ven a los canarios y a los europeos en general -para ellos España es Canarias, y la única personalidad española que conocen, además de los jugadores del Madrid y el Barcelona, es el Rey Juan Carlos- como individuos opulentos que transpiran dinero. Consideradas las cosas de esta forma, la pregunta inmediata es cuánto nos cuesta cada kilo de pescado extraído de aguas mauritanas.
Sería un error, sin embargo, limitarnos a un planteamiento mercantilista. El entramado de la cooperación española en el exterior, y de forma concreta en África, es demasiado complejo para dibujarlo en las escuetas líneas de un artículo diario. Hay que empezar por entender cómo es un continente que tenemos a cien kilómetros de nuestras costas en el punto más próximo, pero del que nos separa un abismo social y económico. Un continente a veces excesivamente simple. En Mauritania, por ejemplo, fuera de las grandes ciudades, el territorio es suficientemente abundante para que cualquiera plante su jaima o levante su chabola donde le plazca. "Cuando hace mucho calor en la casa, se van a la jaima; y cuando hace mucho frío en la jaima, vuelven a la casa. La vida de los mauritanos es así de simple", me dice Sambá, un espigado negro de dos metros de altura que durante una semana larga ha sido mi guía en este país. Gracias a él ahora sé, entre otras cosas, lo que es ir a más de cien por hora sobre las dunas del desierto. No le he preguntado a Sambá, que se considera negro sin ningún apuro y no subsahariano, si le apetece emigrar a Europa. Su sueldo como conductor en Mauritania es de unos 75 euros al mes. Si fuese funcionario ganaría alrededor de 180. Quizá basta con este dato, vigente a sólo hora y media de avión desde cualquier aeropuerto canario, para justificar la cooperación con África.
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