DURANTE ESTOS DÍAS, casi de forma mecánica, sin entusiasmo y sin demasiado convencimiento, se repite el tradicional mensaje navideño, hermoso y conciliador, que ofrece paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. Es decir, a unos pocos, porque son minoría los que demuestran deseos de hacer uso de esa potencia del alma dirigiéndola hacia las esferas del amor, la benevolencia y el afecto. Son tiempos en los que cada uno va a lo suyo, sin importarle lo más mínimo lo que pasa en el mundo, en su país, en su propio pueblo e incluso en la escalera de su propia casa, donde se suele encontrar alguna que otra vez al vecino desconocido o simplemente saludado con fría cortesía.
Ni la televisión, frente a la que se pierde un tiempo precioso, ni escuchando la radio del coche camino del siempre vilipendiado trabajo a que estamos obligados para ganarnos el sustento, ni hojeando el periódico mientras nos tomamos el barraquito de media mañana consiguen despertar el interés hacia nuestro prójimo. Y así un día y otro, tanto en Navidad como en Pascua o en Carnaval.
Guerras, hambre y odios se podrían evitar, en buena parte, si existiera, realmente, una decidida voluntad de acabar con estas terribles plagas, con demostrar nuestra comprensión y solidaridad efectiva hacia los problemas ajenos. Decía Antonio Machado en una de sus más célebres poesías aquello de "caminante no hay camino / se hace camino al andar". Y ello nos hace meditar en torno a esa constante búsqueda de la paz. Los gobiernos, las religiones y, en algunos casos, determinadas asociaciones, manifiestan sus deseos, sin duda sinceros, de abrir nuevos caminos hacia la concordia y la armonía, desconociendo, quizás olvidando, que no hay caminos para la paz, porque la paz es el camino.
Resulta triste y desmoralizador comprobar siempre, pero de una manera un tanto especial en estos días en los que el despilfarro se generaliza y alcanza cotas desmesuradas, cómo algunas personas se pasan todo su tiempo escarbando entre los vertederos o entre los contenedores de basura para encontrar algo que llevarse a la boca o cualquier cosa capaz de ser vendida para seguir engañando a sus estómagos que ya desconocen su función y nunca volverán a recuperar. O la certeza con la que se nos informa de que cientos de niños -de los ancianos ya nadie se ocupa- van a morir de hambre. Y dejando caer la mirada sobre tierras africanas, donde la gente se arriesga a morir en esos ataúdes flotantes, llamados pateras o cayucos, huyendo de la miseria, el panorama resulta tan aterrador que todos cuantos podrían afrontar el problema, con valentía y solidaridad, miran hacia otro lado, porque el cuadro es tan impactante que produce náuseas. Se esconde la cabeza y la vida sigue igual para aquella mísera y despreciada gente. Así, si seguimos recorriendo el atlas universal, seguiremos hallando desastres, enfermedades, miedos y nos resulta realmente difícil, aun contando con la famosa lupa de Sherlock Holmes, encontrar al hombre -o los hombres- de buena voluntad siempre necesarios en cualquier sociedad.
Tal vez te asombres, querido lector, ante esta exposición de hechos y pienses que no es la ocasión oportuna para hurgar en la herida de la indiferencia. Posiblemente no te falte razón, pero en los momentos de euforia es cuando se debe reflexionar, y las fiestas navideñas son muy apropiadas para pensar en los demás, en lo mucho que a una minoría le sobra y a una inmensa mayoría le falta, porque la alegría reina en los corazones, los brazos se abren y aunque el egoísmo se haya enseñoreado de la mayor parte de nuestra sociedad, siempre hay alguien que espera y confía en la generosidad humana que, aun siendo incapaz de solucionar los problemas generales, puede poner su granito de arena del problema particular si esa es su voluntad y se considera hombre de buena voluntad.
¡Feliz Navidad!
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD