CUANDO SE HAN CUMPLIDO nueve meses del último encuentro Zapatero-Rajoy, que tuvo lugar pocos días después del "alto el fuego" de ETA, no era razonable prolongar por más tiempo la indecorosa incomunicación personal entre ambos, y Moncloa ha dado finalmente el paso, con mal pie por cierto: tanto la cita, por persona interpuesta, como el anuncio de la reunión, concretado antes a la prensa que al PP, han sido irregulares, y se han producido pocas horas después de que Rajoy enviara una inflamada carta a Zapatero rebatiendo la acusación socialista de falsificar víctimas del terrorismo. En cualquier caso, el presidente popular ya ha manifestado con toda contundencia que irá a ver al jefe del Ejecutivo para recalcarle sus conocidas posiciones inflexibles al respecto del "proceso de paz".
No cabe, pues, esperanza fundada de que ambos líderes se aproximen políticamente en las cuestiones relevantes, con independencia de que puedan estar de acuerdo en asuntos secundarios, como algunas de las reformas legislativas en curso, la de la ley orgánica del TC por ejemplo.
Quizá no se percaten los profesionales de la política, incluidos por supuesto Rajoy y Zapatero, de la irritación que suscita en la ciudadanía esta actitud de premeditada y sistemática enemistad que, de un tiempo a esta parte, preside las relaciones en todos los planos -institucionales y personales- que mantienen entre sí los grandes partidos. Por alguna aberración intelectual que habría que identificar y combatir, PP y PSOE han llegado a la conclusión de que la tensión y el grito son las herramientas naturales de la dialéctica que los vincula. Y por esta vía se ha llegado a la aberrante situación actual, en la que los acuerdos que consiguen ambos partidos -muchos de ellos de importancia, como los referentes a los Estatutos de Autonomía o el que concierne a RTVE- se hacen de tapadillo y sin publicidad, como si las dos partes pensaran que tales concesiones son, además de un signo de debilidad, una claudicación en el fondo. Es bien sabido que los sistemas democráticos basados en la representación de segundo grado a través de los partidos políticos se desarrollan mediante una activa dialéctica poder-oposición en la que ésta ejerce las funciones importantísimas de contradicción y control del Gobierno. Sin embargo, esta relación entre la mayoría y la minoría es muy rica en matices, y ha de incluir tanto la airada controversia en todo lo opinable cuanto el más inamovible consenso en lo que se refiere a los fundamentos del régimen, a los intereses generales del Estado o a los valores permanentes del sistema.
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