LA ILUSIÓN ES lo que mueve la vida, lo que hace que uno no se quede en la cuneta en los momentos más difíciles, cuando sentimos que no vamos a poder superar los continuos embates de las olas. Sin ilusión sucumbiríamos en la lucha diaria. Y esa ilusión está representada en estos momentos por la lotería de Navidad. Todo el mundo espera que le cambie su suerte el 22 de diciembre, y se ve, en sueños, repartiendo millones, como el repartidor del butano reparte bombonas. ¿Quién no lleva un decimito para esa portentosa fecha? ¿Y quién no ha dado rienda suelta a su superstición, queriendo que se lo traigan de casa de doña Manolita o de la Administración de Los Realejos, que, por los premios otorgados en los últimos años, da la impresión de que juega ya en Primera Categoría?
Siempre se ha dicho en palabras bíblicas que la fe salva al hombre, y es cierto: la fe en la lotería. Luego llegará la mágica fecha, se comprobarán todos los números de la lista, y se verá que el nuestro no está. Pero al año siguiente volveremos a comprar nuestro decimito, como si estuviéramos estrenando una nueva ilusión. De los fracasos anteriores se ha pasado página.
Lo de la lotería de Navidad es una simbiosis de ilusión y tradición, porque ¡cuidado que tiene uno oportunidades para jugarse el dinero todos los días! El Bingo, la bono-loto, la primitiva, los ciegos, la rasca-rasca, etc., etc. ¿O será que muchos de los que juegan a la lotería del día 22 de diciembre lo hacen a ver si pueden recuperarse de lo perdido durante todo el año en los citados juegos? Vaya usted a saber.
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