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MIÉRCOLES, 6 DE DICIEMBRE DE 2006
DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

El desembarco

LA INVASIÓN ALIADA a la Europa de Hitler no pudo ser en 1942. Entonces las potencias occidentales todavía no contaban con el elevado número de hombres y la ingente cantidad de material necesarios para una operación de tal envergadura. Tampoco pudo ser en 1943, pese a las presiones de Stalin, porque los ejércitos de las democracias libraban batallas en Italia. País tan alejado de las playas de Normandía como Marbella -y la Costa del Sol, en general- de Tenerife. Cierto que en la Italia de entonces no abundaba la jet set ni la high life. Algo había, pero poco. Fue necesario esperar un año más. Las apuestas, empero, eran claramente favorables al bando aliado. Perdido el Norte de África y machacadas sus tropas en Italia, Alemania tenía todas las de perder si gringos y anglos lograban poner los pies en Francia.

Pese a ello, existía bastante expectación. El desembarco era cuestión de tiempo. Eso lo sabía todo el mundo. De la misma forma que también se conocía, más o menos, el lugar: entre Calais y Normandía. El tiempo corría en contra de los teutones. A medida que transcurrían las semanas, aumentaban los rumores, e incluso las noticias fehacientes, sobre las enormes fuerzas que se estaban concentrando al otro lado del Canal; ahí enfrente mismo. Casi a un tiro de piedra. Media menos mar entre Francia y Dover que entre San Andrés y Agaete. ¿Cuándo zarparían los barcos? ¿Cuándo tiraría, por fin, la Justicia de la manta para dejar en pelota a más de uno?

No fue un festivo seis de diciembre sino un hasta ese momento anodino 6 de junio de 1944. Horas antes había comenzado el bombardeo artillero para debilitar la formidable muralla del Atlántico. Siempre el Atlántico y lo atlántico; la atlanticidad, en definitiva. Las actuaciones judiciales, al menos en sus inicios, cuando las acusaciones todavía no son firmes y la palabra "presunto" aparece antes, después, por encima y por debajo de cualquier acusación en ciernes, comparten con las invasiones anunciadas la virtud de desconcertar al adversario. Agrietan sus filas, debilitan su moral, ponen en clara fuga a los más pusilánimes y desmarcan apoyos hasta ese momento incondicionales. Las ratas son las primeras en saltar por la borda cuando el buque comienza a hundirse.

Aquel lejano 6 de junio por la noche, diez divisiones estadounidenses, británicas y canadienses salieron de sus cuarteles y cruzaron el Canal. Aunque Hitler pensaba que le darían el golpe en Calais, lo inevitable ocurrió en las playas de Normandía. Después de todo, basta coger un mapa barato para comprobar que San Andrés, y una marina que posiblemente ya no será posible, queda más cerca de Las Teresitas que Dunkerque de Cherburgo. Al final, los aliados no tuvieron necesidad de una segunda invasión más al norte. Los alemanes opusieron alguna resistencia. Inútiles acciones frente a una abrumadora superioridad en medios humanos y materiales.

Durante sesenta años se ha explicado hasta el cansancio por qué el desembarco ocurrió el seis de junio y no antes. Ojalá no debamos esperar tanto tiempo para conocer el motivo de que la Justicia haya empezado a actuar ahora, precisamente ahora, por algo de lo que hay constancia, si realmente la hay, desde hace meses. O, ya puestos, porqué no esperó a junio del próximo año.

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