ALGUIEN DIJO AYER, en una conversación en la que me hallaba presente, que el cambio de la peseta al euro había sido un fraude. Pensamiento del que, por lo demás, participa mucha gente. Yo, sin embargo, expresé que no estaba de acuerdo del todo, que era un cambio monetario como cualquier otro cambio, y que lo que pasaba era que no se habían ajustado los tornillos y tomado las medidas correctoras necesarias en estos casos. Aparte de que no se ha llegado aún a mentalizar a la gente de ese cambio a que nos referimos. La mayoría de los comerciantes, o muchos de ellos, han seguido confundiendo un euro con una peseta, mientras los que compran siguen comprando en pesetas, sin hacer caso al prepotente euro. Se formó tal lío, que muchos de los que van a comprar y preguntan por el precio de algo, añaden la coletilla de: "¿Me lo podría decir en pesetas?". Y otros, cuando le dicen el precio en pesetas preguntan, por otra parte, "¿Me lo podría decir en euros?".
Es lógico que, en una situación semejante, todo el mundo ande de cabeza y se lamente de que los euros se le van como cosa que lleva el diablo. Si lo miramos bien, y cada uno estuviera razonadamente en su puesto, el comerciante y el comprador, no tenía por qué producirse este desconcierto, que trae a algunos por la calle de la amargura. Porque algunas veces uno, después de un pequeño servicio, da un euro, creyéndolo una peseta, y está totalmente equivocado. Está regalando 166 de las antiguas pesetas, cuando el servicio no debe valorarse en más de dos euros. Y es que los españoles somos muy generosos. Sobre todo en las propinas, si tenemos dinero a mano.
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