Santa Cruz de Tenerife
LO ÚLTIMO:
Liberadas dos chicas nigerianas obligadas a prostituirse en Las Américas leer
PUERTO DE LA CRUZ ENRIQUE HIDALGO DE BIZKARRONDO

El convento de Santo Domingo y la poetisa Fernanda Siliuto Briganty (1834-1859)

18/nov/06 18:23 PM
Edición impresa

EL ESCRITOR/PERIODISTA y poeta don Luis Álvarez Cruz quizá es el único que nos dejó una semblanza de esta poetisa lagunera y de su fugaz existencia en su obra "La vida romántica de Fernanda Siliuto". Otros intelectuales han tratado de salvarla del olvido pero muy sucintamente.

El romanticismo, como forma de vida, afectó a casi toda la juventud de Europa, fue la respuesta de una generación que deseaba olvidar al neoclasicismo francés. La generación romántica estuvo acompañada de tres sombras que la diezmaron: la tisis, el suicidio y los duelos. En Tenerife se infiltró por el puerto de Santa Cruz; los turistas enfermos acudían por indicación de los médicos, ellos traían las modas y los diversos libros. El romanticismo nos retrae a contemplar la naturaleza en sí misma y todo cuanto hay en ella. Fernanda padecía la enfermedad que le devoraba sus pulmones: su palidez, la falta de apetito, postrada, lánguida y sin ganas de vivir. Por eso la trajeron al Puerto de la Cruz, evitando la humedad de La Laguna y los calores de Santa Cruz. Encontró acomodo en una de las dependencias del ex convento de Santo Domingo. La familia Rodríguez Figueroa era la propietaria; lo compraron cuando don Juan Álvarez Mendizábal (1790-1853), político gaditano, tres veces ministro de Hacienda, liberal de buena planta, sus paisanos le pusieron el nombrete de "Juan y Medio", masón de la logia Taller Sublime. Firmó dos Reales Decretos (19 de febrero y 8 de marzo de 1836) por los cuales el patrimonio de la iglesia fue expropiado por el Estado, salvo el dedicado a la enseñanza de los niños pobres y los concernientes a enfermos y desahuciados.

La poetisa Fernanda Siliuto Briganty nació en la denominada Villa Abajo de La Laguna, bautizada el 23 de marzo de 1834 en la parroquia de Santo Domingo. Su padre era peninsular y la madre portuense. El siglo XIX isleño fue un semillero de poetas acompañados por bellas y tiernas criaturas, un mundo de sombras y felicidades, los abanicos de ellas estaban y recogían poemas que hoy guardan sus descendientes como tesoros, fue aquella juventud cantada por Rubén Darío que se va para no volver... El siglo XIX también como adorno; los desafíos: aquellos poetas se batían como leones. Don Manuel Verdugo ("Burbujas", nº 75) los contempló así: (...) por cuestiones de honra tuvo cien duelos, / una pierna ha perdido y el ojo izquierdo; / en la mano derecha le falta un dedo... / Y sin embargo muchos dicen al verlo: / ése sí que es un hombre / "cuerpo entero".

Aquellas bellísimas tuvieron diversa suerte. Nuestra encantadora profesora doña María Rosa Alonso hizo de la poetisa Victorina Bridoux y Mazzini de Domínguez una de las más interesantes en su libro. La brillante escritora nos la da a conocer y el lector queda prendido. Una epidemia de fiebre amarilla en Santa Cruz terminó con ella. Nuestros antepasados lo pasaban fatal con tantas calamidades, los duelos y los suicidios no tenían fin en el continente europeo. J.W. Goethe escribió su desdichado " Werter" y miles de alemanes se sintieron reflejados acudiendo al suicidio y causando alarma social. La obra casi fue prohibida: en España Larra se pegó un tiro en un martes de Carnaval, a su casa se acercó su amante, Dolores Armijo, explicándole que se iba para Filipinas y deseaba la devolución de sus cartas. Ella, al oír el estampido en el portal... para qué les cuento. Hoy Larra tiene frente al Palacio Real de Madrid un monolito en su honor. "El Pobrecito Hablador" nos mira en silencio. En Italia, el noble Leopaldi, en su Palazzo de Recanati (Marcerata), su tisis y su melancolía cantaba "La muerte atroz: ¡Oh, contra la infame ardimiento, indefensos son los reinos / de la sabia Natura... /" ("Himnos a los Patriarcas"). Inglaterra y Francia también los tuvo, fue una epidemia. nuestra poetisa Fernanda: "El amor todo lo excusa, / lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera, el amor no pasa jamás". Fernanda Siliuto encontró su fin en el convento de Santo Domingo, del Puerto de la Cruz, creo incluso saber cuál fue su cuarto, ¿falleció o se suicidó? Ella padecía también mal de amores, él se fue para las Américas en busca de posibles y no volvió. En la partida de defunción se lee: "falleció día 23/04/1859... (...) y no recibió los Santos Sacramentos". Fue su desaparición sentidísima, sus amigos le dedicaron endechas y con sus antorchas encendidas la acompañaron al Campo Santo. "Pues bien, yo necesito / decirte que te adoro, decirte que te quiero / con todo corazón (...) Comprendo que tus besos / jamás han de ser míos, / comprendo que en tus ojos / no he de ver jamás... ¡adiós por la vez última (...) amor de mis amores, (...) mi lira de poeta, mi juventud, adiós". Así, el mejicano Manuel Acuña (1849-1873) hacía memoria de su amada, (me presta para Fernanda).

Fernanda Siliuto nos dejó a sus veinticinco años radiantes de tristezas y melancolías. Su fallecimiento fue súbito, causó estupor como ya les he dicho; el ayuntamiento portuense le concedió sepultura perpetua, me mostraron las Actas de 1866, parte de ellas mutiladas.

El excelente escritor Juan del Castillo, en su obra "El Puerto de la Cruz, entre la nostalgia y la ilusión" (pág. 122), felizmente recuperado y con salud, quiere hacer una segunda edición que saldrá esta Navidad. Como les contaba, escribió: "El Ayuntamiento acuerda ceder el sepulcro a perpetuidad, estaba a mano derecha según se entra en el camposanto católico del Puerto. Más tarde, se perdió su tumba. Tal vez para que se cumpliese hasta allí mismo su destino de ser borrada y olvidada". Ahora que el Ayuntamiento portuense rescató el convento de Santo Domingo para el patrimonio de esta ciudad, sería de agradecer que lo convirtiese en la Casa de la Cultura del Puerto de la Cruz, que no tenemos. El magnífico patio serviría, entre otras cosas, para escuchar las mejores orquestas polifónicas de Europa y la de aquí, de reconocido prestigio. En Santo Domingo también vivió la familia Rodríguez Figueroa. En sus estancias, las hermanas del político y poeta modernista (doña Anita, Elvira, Lulú), don Luis Rodríguez Figueroa, alegraron todas ellas las efemérides familiares mientras pudieron, luego el final del poeta las dejó de luto para siempre. La guerra 36-39 cuenta entre los desaparecidos a su hermano don Luis; cuando resultó diputado electo por Izquierda Republicana, fue vilmente asesinado en Santa Cruz.

Ahora que existe gran preocupación por el ayuntamiento en ofrecer turismo/cultura, sería el sitio ideal para recibirlo. Santo Domingo tiene tradición, abolengo e historia. Don Marcos Brito Gutiérrez tiene la palabra. Un proverbio griego dejó escrito: "El corazón que ama es siempre joven".