ES INDUDABLE el progreso de la medicina, pero tampoco debe ser cuestionado el avance de las enfermedades. El catálogo de dolencias provocadas por el trabajo no se revisa desde hace 28 años y hay que reconocer que ha crecido mucho, incluso más que el de nuevos fármacos. Hace muy bien el Gobierno, aunque lo haga ligeramente tarde, en actualizar la lista de enfermedades profesionales, entre ellas algunos tipos de cáncer y padecimientos de los llamados músculo-esqueléticos.
Se confía que con la nueva regulación, a partir del primero de enero del año que viene, todo el que se muera sepa la causa que le obliga a abandonar el mundo. La verdad es que hay sustancias recientes que hacen aflorar ese descontento orgánico que sólo se corrige definitivamente cuando abandonamos nuestro cuerpo. No es del todo cierto que el trabajo sea salud, pero tampoco puede decirse que no dar golpe contribuya a ella, ya que salvo algunos amnistiados del castigo bíblico, si no trabajamos podemos contraer la enfermedad mortal del hambre.
En otras épocas se mencionaba la silicosis siempre que se hablaba de enfermedades profesionales. Eso de ganarse la vida bajo tierra ha sido una heroica manera de no demorar su ingreso en ella, pero ahora hay muchos desempeños laborales arriesgados. Miles de personas tratan con gases de conducta irregular. Eso sin tener en cuenta otras afecciones derivadas del ejercicio de ciertos cometidos: hay carteros con juanetes, camareros con varices y subsecretarios con lumbago. ¿Cómo evitar que quienes reparten el correo no se muevan, que los camareros no permanezcan de pie y que los subsecretarios no le hagan reverencias a sus inmediatos superiores?
No hay trabajos, ni siquiera los más gustosos, que no exijan algún tipo de contraprestación. Los únicos llevaderos son los que se le encargan a otros.
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