AGENCIAS, El Cairo/Bagdad
El director de diplomacia de la oficina de Oriente Medio del Departamento de Estado de EEUU, Alberto Fernández, aseguró que la actuación de su país en Irak después de la caída del régimen de Sadam Husein estuvo caracterizada por la "arrogancia y la estupidez". "Intentamos hacer lo mejor, pero creo que hay muchas razones para la crítica porque, sin duda, hubo arrogancia y estupidez de EEUU en Irak", dijo Fernández en una entrevista con la cadena Al Yazira.
Las declaraciones de Fernández son la mayor crítica lanzada desde el interior de la Administración estadounidense a la actuación del Gobierno Bush en Irak desde el derrocamiento de Sadam, en abril de 2003. El responsable del departamento de Estado, sin embargo, no dio detalles de los puntos en los que su país fue "arrogante".
Fernández aseguró además que su país está dispuesto a mantener conversaciones con cualquier grupo iraquí para acabar con la ola de violencia sectaria que sacude el país, con la excepción de la red Al Qaeda.
Precisamente ayer tres atentados contra iraquíes que realizaban sus compras para las fiestas religiosas, con un saldo de siete muertos y casi 50 heridos, marcaron el final del Ramadán más sangriento en Irak desde la invasión estadounidense en 2003, mientras Washington sopesa un cambio en su estrategia.
Un soldado estadounidense también murió por el estallido de un artefacto explosivo en la convulsa provincia de Al Anbar, en el oeste de Irak.
Cientos de iraquíes fueron asesinados en ataques sectarios de ambos bandos, mientras las pérdidas entre las fuerzas estadounidenses durante el mes de octubre casi se acercaron al balance total desde comienzos de 2006.
Mientras, el ministro británico de Defensa, Des Browne, afirmó ayer que el proceso de entrega del control de la seguridad en Irak a las fuerzas iraquíes se encuentra en su fase final, pero precisó que las tropas británicas no dejarán el país hasta que "el trabajo esté terminado".
Por su parte, el ex canciller alemán Gerhard Schroeder considera que el grave problema del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, es que considera que sus decisiones políticas son un resultado directo de su diálogo con Dios, lo que lo hace intolerante ante la crítica, como ocurre en el caso de Irak.
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