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Martillos de xenófobos

28/jun/06 21:28
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Reconforta que de pronto, como surgidos de la nada, aparezcan tantos estrictos acatadores de la ley. Y no sólo cumplidores de la norma establecida, sino incluso paladines dispuestos a investirse de fiscales para perseguir a los delincuentes. Reconforta y hasta consuela, porque en estos tiempos de gran aflicción, cuando un alcalde vitalicio hace de las suyas para no molestar a un coburgo y de paso favorecer a un amigo que encima -pura casualidad, claro- es constructor; cuando las normas de tráfico se las pasa todo el mundo día sí, día también por el arco de triunfo sin que importen millares de muertos sobre el asfalto; cuando un presidente de Cabildo promueve -y consigue- una ley para legitimar miles de casas ilegales; cuando un juez deja libres a cinco chorizos pillados en el interior de un banco con malas intenciones; y cuando tantos despropósitos se cometen sin que nadie diga esta boca es mía, encontrar personas dispuestas no sólo a cumplir, sino incluso a hacer cumplir lo establecido, debe ser motivo de regocijo. Lo malo -para todo hay un pero- es que instar al cumplimiento de algunas leyes proporciona réditos, mientras que exigir la estricta observancia de otras, pues no. Incluso le proporcionan el sambenito de intransigente al osado que lo intenta.

Empiezan a ser multitud quienes se preocupan de que no se violen las leyes contra el racismo y la xenofobia. Algo que me parece de lo más bien. Pero van errados. Cada persona considerada individualmente es dignísima. Cuando se junta con otra, suele serlo un poco menos. Y si se trata de una multitud, no es raro que afloren los sentimientos más bajos de la condición humana. Basta comprobar lo que ocurre a menudo en los campos de fútbol, y hasta en algunas manifestaciones que acaban mal. Es posible educar a un individuo en la tolerancia, sobre todo si sus padres -o quienes los sustituyan- inician esta labor desde una temprana edad. Imponerle la misma moral -ineludible y acuciante hoy en día- a una población entera, y encima por decreto, no tiene grandes perspectivas de éxito. Fundamentalmente porque la masa, además de no ser tonta, tiende a hacer lo contrario de lo que se le impone.

Si de verdad se quiere luchar contra la xenofobia, lo primero no sólo es hablar con claridad, sino permitir que la gente hable con claridad. El canario, el español en general, se siente en la actualidad amordazado para expresar sus temores, justificados o no, ante lo que está ocurriendo en el país por miedo a ser calificado de racista. Hablar con claridad implica reconocer sin subterfugios que una política de brazos abiertos es imposible en este Archipiélago y en todo el mundo, y también que cerrar las puertas a cal y canto para cualquiera que venga de fuera es, además de imposible, contraproducente para el desarrollo de una sociedad moderna. Los chinos lo hicieron en su día con su muralla, y se quedaron estancados.

Pero estos razonamientos les sobran a los estrictos cumplidores, cuyos planteamientos, de tan airados, casi son creíbles. Al menos yo les creería, si no hubiera tenido el infortunio de conocer a muchos de ellos, y la desgracia de padecer a algunos durante varios años. Créanme: sólo cumplen la ley que les conviene; la otra, la pisotean.

rpeyt@yahoo.es

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