Criterios
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Aplausos

1/jun/06 21:26
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En el reciente debate sobre el estado de la Nación, celebrado en el Congreso de los Diputados, los dos grupos parlamentarios parecían competir por lograr algún tipo de récord en la duración de las ovaciones a sus respectivos líderes. No importaba mucho lo que decían Zapatero o Rajoy. Lo que parecía resultar fundamental era que, al final de sus intervenciones, los aplausos de prolongaran durante los máximos minutos posibles. Uno echaba de menos que el presidente o el jefe de la crispada oposición cayeran, por lo menos en alguna ocasión en el tópico aquel al que recurren ciertos oradores tras el éxito de sus discursos:

-Gracias por estos inmerecidos aplausos.

En el caso de Rajoy y Zapatero, por lo menos, si hubiesen dicho esto alguna vez, habrían tenido razón. Porque nunca se ha aplaudido, que yo recuerde, con tanta insistencia y tanto entusiasmo a piezas oratorias con menos mérito para despertar el fervor de las audiencias. El debate rozó, dialécticamente, el nivel del betún, eso es lo patentemente cierto. Y por mucho que sus señorías aplaudiesen a sus representantes en la tribuna de oradores, jamás alcanzarían el auténtico récord de ovaciones que, según el libro Guinnes, continúa ostentando, que yo sepa, Plácido Domingo, a quien el público de la Ópera de Viena estuvo aplaudiendo, puesto en pie, durante una hora seguida, después de una genial interpretación del tenor español de "La bohème".

Estas sesiones plenarias parlamentarias, ya tradicionales, sobre cómo están las cosas del país, suelen defraudar al personal y aburrir solemnemente a los espectadores que se deciden a seguirlas por la tele. Porque a la hora de la verdad no se saca ninguna conclusión acerca del auténtico estado de la cosa. Entre la autocomplacencia de Rodríguez Zapatero, y la crítica apocalíptica y total del señor Rajoy, debe existir un término medio que responda a la realidad de la situación de España, de su sociedad, de su economía y de sus problemas más acuciantes. Uno sabe que las reglas del juego son esas y que la obligación del Gobierno es decir que todo marcha estupendamente, mientras que el papel del principal partido en la oposición es insistir en que todo va de puñetera pena. Vale. Pero, así, no hay manera de que el ciudadano crea, por completo, a ninguno de los dos. Y, además, que si se admiten las reglas del juego, el berrinche del portavoz el PP por el poco tiempo que disponía para alegar, tampoco venía a cuento. Los reglamentos del debate están claros y, en aquellos en los que interviene el presidente, éste dispone de todo el tiempo que le plazca, aunque sólo sea para matar de tedio hasta a las vacas sordas. O para dispersarse tangencialmente en el tema de la inmigración, que era el que más nos importaba a los isleños. Aplausos aparte.

 

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