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Barrancos de La Gomera

5/abr/06 20:45
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MI ADMIRADO COMPAÑERO de oficio y de columna, José H. Chela, se ocupa en su "La Buena Uva" de un conocido paraje de mi tierra, al que afirma tener mucho cariño y al que califica como uno de los más bellos de toda Canarias. Dice el amigo que no sabe si alegrarse o echarse a temblar, al saber que el Cabildo Insular de La Gomera se propone invertir 90.000 euros en obras de mejora del Barranco de Los Chejelipes. Y tiene razón porque ahora, tanto en Santa Cruz como en todas las islas, se hace aquello que dice el mago: "se mejora para peor". Aquí, ahora mismo, se están haciendo aberraciones en la Plaza de la Paz, en el Muelle de Enlace, en la Plaza de España y en toda la cara marítima de la ciudad, además de los destrozos de las obras del tranvía, que hacen males irreversibles al Patrimonio Histórico y Monumental de la ciudad. Chela -decía- hace una descripción perfecta del Barranco de Los Chejelipes, del que también dice que llaman "Barranco de la Villa". Me parece que él o yo no estamos en lo cierto. Yo siempre he oído llamar al barranco en cuyo cauce se construyó la Villa de San Sebastián, "Barranco de la Villa", pero esa denominación se la dan los gomeros, más propiamente los "villanos", como nos llaman los "magos" de Hermigua, de El Molinito para abajo, aunque es indudable que las aguas que desembocan en la playa de la Villa por ese cauce pasan por el Barranco de Los Chejelipes, pero también vienen del barranco de Izcagüe y de todos los cauces menores que bajan por las laderas a aquel cauce principal, que pasa por el Atajo y que está perfectamente trazado ya hasta la Villa, pero con notable ensanche en El Molinito y en Ribera, la que fue amplia finca del Cura Cruz , casi a la entrada superior del pueblo que la llaman "El Tanquito". En cuanto al Barranco de Los Chejelipes, considero a aquel bellísimo punto de la geografía gomera no solamente como un barranco sino como una zona entera, perfectamente limitada con huertas llanas con estructuras de escalera, sin mucha altura y preciosas en su trazado, cuyos frentes hacia el fondo del valle son como arcos irregulares que dan un aspecto singular a aquel paraje, que se percibe perfectamente desde el mirador de La Degollada de Peraza, situado sobre la carretera general que comunica la capital de la Isla con Playa de Santiago con ramales a Chipude y a Arure.

Los Chejelipes, la finca, era propiedad de una familia notable de La Gomera: creo que la señora de la Casa se llamaba doña Sofía, aunque no lo aseguro. Y contaré al compañero, que nombra unas deliciosas codornices en una venta del Atajo, que si yo saliera con él por ahí, o tenía que recurrir al socorrido bocadillo o moriría de hambre, porque un servidor, de chico, de joven y ahora, soy el tipo más raro, que me decía mi madre, para comer. No me gustaba nada y menos las aves, a las que tengo casi asco. Total, que doña Sofía se enteró de que habíamos llegado de Santa Cruz y nos invitó a almorzar en su casa de la Finca de Los Chejelipes. Y en La Gomera y en todos los sitios civilizados en aquella época, lo más apetecible era una gallina, un pavo y esos manjares. Yo tendría como unos seis años, y mi madre me llevó a Casa de doña Sofía. Yo, temblando porque sabía lo que me esperaba. Mi madre era enérgica y decía que la avergonzaba con mi ridiculez. Cuando apareció la gallina, me daban ganas de vomitar. Y no sé lo que pasó porque a mi madre la sostuvieron. Y luego me trajeron un huevo y papas fritas. Pero el huevo me dio asco también porque, como era fresco, tenía esa especie de moco que parecía la clara. Y ni me acuerdo cómo terminó aquel drama.

 

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