Como era de esperar, la intervención pretendidamente salomónica del presidente Chirac sobre el contrato para el primer empleo (CPE) no resolvió la tensión de fondo en el seno de la mayoritaria Unión por un Movimiento Popular y el desenlace técnico del conflicto es ya menos relevante que su desenlace político: o gana el primer ministro De Villepin o su rival y ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.
El jefe del Estado recibió a los dos, por separado, en la tarde del lunes, cuando ya era un hecho que el decreto, promulgado (victoria aparente para su mentor, De Villepin) no tendría vigencia práctica porque el ministro de la Cohesión Social, Jean Louis Barloo, hizo saber oportunamente que no enviaría a las partes los formularios al efecto.
Al indicar que tras promulgarlo (para no desautorizar al primer ministro) ordenaba a la mayoría que lo cambiara a fondo para hacerlo aceptable, alguien interpretó que el asunto pasaba de la jurisdicción del jefe del Gobierno al del jefe del partido que no es otro que Sarkozy, el ministro del Interior quien es, a su vez y de manera imprudente, presidente de la UMP.
Esta pretensión es algo más que discutible, porque la tramitación de un proyecto en la Asamblea Nacional y/o el Senado corresponde a los jefes de la facción parlamentaria, Bernard Accoyer y Josselin de Rohan-Chabot respectivamente, supuestamente bajo la autoridad del primer ministro, no del jefe del partido.
Pero Sarkozy se apoderó del dossier a toda velocidad, según su costumbre, y empezó a moverse con su dinamismo conocido y a tomar contacto con sindicatos y estudiantes para anunciarles que se reemprendía la negociación sin tabúes.
Ayer parecía generalizarse en toda Francia la impresión de que, de un modo u otro, se preparaban los funerales por el proyecto, fórmula cuyo "copy right" corresponde mancomunadamente al diario Liberation y al irónico ex primer ministro conservador Edouard Balladur.
Aunque, formalmente, Sarkozy iba a renegociar, no a enterrar, De Villepin fingía resistir con soltura profesional mientras el país se cuajaba de manifestaciones y paros y las encuestas confirmaban que la intervención presidencial, un digno empate técnico entre vanidades, jurisdicciones y esperanzas, no había servido prácticamente para nada. Pero Jacques Chirac, eso sí, no es candidato a la reelección.
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