Santa Cruz de Tenerife

Cincuenta años no son nada

Álvaro Domínguez Rodríguez trabajó hace ya 50 años en el anterior tranvía de Tenerife. Era soldador y conductor sin pasaje en la compañía Explotación de Tranvías Eléctricos, que pertenecía al Cabildo. Con EL DÍA, nuestro protagonista ha tenido la oportunidad de volver a montarse en uno de estos vehículos y conocer de primera mano, entre recuerdo y recuerdo, los avances de las últimas décadas.
P. P. PEÑA, S/C de Tenerife
26/feb/06 20:44 PM
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"Estatura, 1,71; Cabello, castaño; Ojos, pardos; Nariz, recta; Boca, regular; Labios, delgados"... Son las señas personales que rezan en el carnet profesional de Álvaro Domínguez Rodríguez, integrante de la compañía Explotación de Tranvías Eléctricos, que estuvo operativa en la Isla desde 1901 hasta 1956.

Hijo de un tranviario que perdió la vida trabajando, Álvaro Domínguez estuvo vinculado al tranvía como soldador y conductor sin pasaje 14 de los 78 años que lleva a sus espaldas. EL DÍA ha posibilitado que, tras 50 años desde que dejara de funcionar, se reencontrara con la máquina, eso sí, "un cacharro" muy distinto al que recordaba tras su paso por la empresa que ya por aquel entonces pertenecía al Cabildo Insular de Tenerife bajo las siglas CIT.

"Me he quedado alucinado porque, claro, es muy distinto" confesó el ferroviario que también hacía las veces de conductor sin pasaje del antiguo tranvía. En un viaje propuesto y concertado con Metropolitano de Tenerife SA para hacer este reportaje, Álvaro Domínguez subrayó las grandes diferencias que existen entre la maquinaria de antes y la de ahora. "En aquella época los conductores teníamos que ir de pié, eso de sentarse nada de nada. Encima, la gran mayoría de los tranvías no contaban con cristales ni ninguna otra protección".

Condiciones de trabajo

Con una sonrisa de oreja a oreja, y mientras prueba las excelencias del nuevo transporte, el ferroviario recuerda que los conductores de pasaje lo pasaban muy mal. "Sus caras se desfiguraban con el frío y la lluvia que entraba en las cabinas, que no tenían cristales, y se quedaban todas hinchadas". Para contrarrestar esas condiciones climáticas "las paradas en Casa Doña Freda eran vitales para el tanganazo".

"Era una situación muy graciosa. Una parada, un salto, una copita y vuelta al tranvía mientras que todo el pasaje, acostumbrado a la situación, no se desesperaba al ver al conductor hacer semejante ejercicio", señala.

Las cosas ahora son muy distintas. No hay paradas más que las establecidas, el conductor no se puede apear, su cabina está acondicionada, la velocidad del tranvía es muy superior, hay asientos, aire acondicionado, buenos frenos y el número de pasajeros puede alcanzar los 200. La nueva tecnología contrasta con los adelantos de la época. "Recuerdo que el primer tranvía al que le pusieron cristales era el número 5. Luego, los coches alemanes numerados con el 15 y el 16 ya vinieron con ellos".

Los ojos del soldador, como platos, ponen al descubierto la excitación que le envuelve al sentir el nuevo tranvía y como pasan por su cabeza multitud de recuerdos y vivencias. El sistema tranviario "era el que trasladaba al personal obrero. Por la mañana no se veía otra cosa que no fuera gente colgada por fuera y agarrada a los estribos. Por la tarde subía igual. Esto es muy distinto, no hay ruido, va muy rápido y hay muchísima seguridad. Dese cuenta que el conductor de antes no se podía sentar. Ahora, qué barbaridad, sentado y con todos los mandos a mano. El antiguo iba a unos 15 kilómetros por hora y tenía, además, un furgón de carga que transportaba a las lecheras de madrugada a Santa Cruz".

Los aprovechados

Esos recuerdos se tornaban en historias. "Ahí estaba una persona al que llamábamos El Curita, que aprovechaba que las lecheras estaban dormidas para apoyarse en ellas. Todos nos reíamos de ver semejante actuación. Eran mujeres que trabajaban muchísimo y que se quedaban dormidas durante todo el trayecto".

Una anécdota en la que Domínguez pone mucho énfasis se refiere a lo que ocurría cada vez que el tranvía se averiaba en la zona de Tacoronte: "Era el momento más esperado por todos. Todos los técnicos y el personal querían ir a la reparación. ¿Por qué? En esa ruta estaban las tapitas y las perras de vino. Tras la reparación, casi todos regresaban bastante cargados", explica entre risas.

"Tenía un hermano que era jefe de cocheras, que ya murió. Él reparaba las averías. Era un técnico, un experto que desarmaba los motores y los montaba. Él decía: Vamos a Tacoronte, y eso era como pensar en hacer un viaje a la gloria. Lo pasábamos bien, aunque había momentos no tan buenos", señala Álvaro.

"Todos esperábamos el viaje porque eso era sinónimo de cariantes. Un vaso de vino grande hasta arriba que se acompañaba de un tomate. Un cacho de tomate para dentro y un buen trago".

Aprendiz de su hermano

Con respecto a su hermano, reconoce que aprendió mucho de él, tanto que, incluso, "llegué a ser mucho mejor soldador". No obstante, explica que su padre, que también trabajó en el tranvía, perdió la vida en un accidente cuando él tenía 5 meses, en el año 1928. "No lo conocí. Lo mató un tranvía en el Puente Hierro. Fue a bajarse y se trabó la ropa, se cayó y la maquinaria lo partió en dos. Así fue como me lo contaron, ya que tan sólo contaba con 5 meses de nacido".

A las 03:00 horas comenzaba el día de trabajo. Se inspeccionaban los carriles, se limpiaba el coche y se ponía a funcionar la maquinaria, se engrasaba, se limpiaban los motores, las escobillas y a las 05:00 salía para hacer su recorrido. "Entre una hora y otra, abría una ventita de un güimarero y allí los cariantes de vino eran espectaculares de madrugada. La primera vez que lo probé me dio un vuelco el estómago, pero luego me acostumbré a él".

Sobre los malos momentos malos, cita el día en que un compañero suyo "se pegó a una parte del habitáculo por la corriente. Tuvimos que despegarlo del trol del tranvía, ya que se le fue y tocó la línea cuando estaba haciendo masa, pero lo pudimos despegar. Tuvo que ser hospitalizado. También estaban los momentos en los que llegó a volcarse el tranvía. Una vez acometida la emergencia, ahí estaba la comida y la bebida para pasar el mal trago. Uno solía pasar rabietas, pero rápidamente se olvidaban las penas de la forma más agradable posible".

El fin de una historia

Las historia ferrovial tinerfeña se fue acabando porque "la entrada en funcionamiento de las guaguas de transporte colectivo hizo menguar la vida del tranvía poco a poco. Pasaba el tiempo y ya no llegaban repuestos para las máquinas. Eran tiempos de ingenio para mantenerlas en funcionamiento. Las líneas que tenía, Santa Cruz-La Cuesta, La Cuesta-La Laguna y La Laguna-Tacoronte, pasaron a reducirse con el tiempo y con ellas aumentaban los trabajos para desarmar el sistema. Ya nada fue lo mismo".

Durante algo menos de una hora, Álvaro Domínguez examinó junto a los técnicos de Metropolitano de Tenerife las entrañas del tranvía, sus motores y sus características. "Todo muy distinto, pero curiosamente lo básico perdura". El ferrorivario valora muy positivamente la introducción del nuevo sistema tranviario entre Santa Cruz y La Laguna. Explica que se acabó con él y ahora se retoma la idea, "una idea que, no tengo ninguna duda, solucionará parte de la problemática del transporte en las dos grandes ciudades de Tenerife".

Añade que "es un transporte muy cómodo y seguro, en mi opinión. El mantenimiento es mucho menor. Hombre, sólo cuenta con una sola línea, pero es bastante funcional. No va a costar nada caminar un poco para cogerlo, ya que sé que si quiero ir a Santa Cruz o La Laguna llegaré en muy poco tiempo. Yo lo encuentro muy bien".