NO QUIERO señalarlos como palanquines, porque pocos futbolistas del mundo juegan a crédito y mucho menos en el seno de una empresa en causa de disolución, pero calculo igualmente que los jugadores del Tenerife no son conscientes de la capacidad que tienen -ofreciendo dos chilenas, una folha seca y un par de goles apenitas- para hacernos felices. Incluso el columnista, que siente los colores, los desatinos y hasta las deudas, se llena de una extraña y cósmica energía y se sienta ante el ordeñador -al que algunos ilustrados llaman PC- con un optimismo inusual y desbordante. El punto de Elche no nos servirá para hacer una escalada precisamente alpina en la tabla clasificatoria. Nos falta un buen cacho, es decir, para compartir hábitat -en esas alturas- con Copito de Nieve (también llamado Florentino), Niebla (esto es, la Spice adjunta), Pichi (un calquito de Lendoiro), Pedro (idéntico a Rijkaard, a salvo la idiosincrasia de su peinado pelo cuca) y Heidi; la cual, esta última y digan cuanto digan los jablantines, no coquetea con el porro. Independientemente de los resultados de los partidos de esta tarde, y aunque la buena nueva nos ha devuelto la sonrisa e incluso la voluntad de dejar un bote brutal esta mañana en la churrería, el punto de Elche tampoco nos clasificará para la final de Champions League. Dejen la propina como señal de alborozo, en cuanto además el churrero nos alivió resacas históricas, pero el Sporting de Gijón -tercer clasificado, en este momento- nos queda a nueve puntos. Podemos soñar, claro, pero debemos beber moderadamente. El empate de Elche, sin embargo, tiene -desde la perspectiva de su gestación y en términos de autoestima- importantes significados. Nuestros futbolistas volverán a verse como tales, y, a causa del potaje emocional producido por fracasos recientes, ya no sufrirán aquellas crisis vocacionales que les hicieron sentirse esquiadores, auxiliares de geriatría, peluqueros o luchadores grecorromanos; aptitudes, desde luego, naturalmente respetables. Por otras partes, accionistas, simpatizantes e incluso columnistas, también hemos recuperado -con la fe- la sensación de que tenemos un equipo de fútbol, y no, como llegamos a pensar inmersos en los efectos traumáticos del estrambótico modelo de SuperLópez, un equipo galáctico de natación sincronizada en las modalidades de rutina libre o combinada. La diferencia estriba, al margen otras consideraciones tácticas y estratégicas, en la actitud, y, sobre todo, en la característica de la respuesta ante la adversidad. Con SuperLópez, nuestro equipo encajaba un gol, a suponer, y, automáticamente, se encerraba en el área chica para defender -con uñas y dientes- el resultado: la derrota mínima, al parecer, era una victoria totalmente moral. Bajo el mando del General Amaral, y como se demostró ayer en Elche, ahora nuestro equipo encaja un gol, y, a poco que el delegado José Juan Gutiérrez coge la calculadora y hace unos números, nos botamos al ataque con la intención -absolutamente épica, gloriosa y homérica, desde la perspectiva del pesimismo intrínseco en el ideal de SuperTranque- de empatar el partido. No digo, líbreme Dios, que el novelista y ensayista argentino sea intelectualmente superior al entrenador cordobés, pero Ernesto Sábato escribió que "lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil". Esa es la Segunda División, un mundo cruel y desfavorable; esas serían, si las hiciéramos de plantilla, las enemistades auténticamente peligrosas de nuestro club; y, en todo caso, esa -la organización de una respuesta de lucha y combate- ha sido la primera virtud, y la primera gran aportación, de David Amaral. No es porque yo esté delante, pero, como verán, todo es cuestión de lucha, y, a ser posible, nuestra. Por tanto, quiero decirles, queridos lectores y lectoras, que aquí gana? ¡la lucha canaria! Adiós.
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