Las costas de España van pasando, y los cabos, las playas, los faros, las cordilleras y las montañas nos recuerdan una mapa en relieve, polvoriento por el tiempo y sucio de alquitrán, que habíamos visto cuando chicos en casa de un capitán de barco, entre las dos bolas de Montjuich y una estampa del "Numancia".
Al llegar más lejos, vemos un peñón que parece nacido en medio del Océano. No nos tienen que decir que es Gibraltar. De color de lámina alemana, se refleja encima de las olas con majestad aparatosa. Rodeado de buques de guerra, guarnecido de grandes muros, lleno de cuevas con bocas de fuego y coronado de cañones, parece una montaña armada que se hace cargo de lo que representa; una montaña vanidosa, como un inmenso barco sobre la roca; un pedazo de Naturaleza de la cual Inglaterra ha hecho un monstruo. Al salir de allí entramos en el gran mar, y como si las olas estuvieran enteradas de que el gran mar es una grande cosa, ensanchan el manto de espuma y se agitan en imponente espectáculo.
Todo el mundo sube a cubierta, mira para allá, mira al infinito. Y pasa una cosa extraña: que, movidos por una fuerza misteriosa, todos se ponen a cantar, quien a media voz, quien a grandes gritos, como si no valieran las palabras para decir adiós a lo que se deja en aquella tierra azulada. El acordeón se queja más que nunca; una chica reza una canción, apoyada en un montón de cuerdas, con los ojos fijos en la lejanía; unos italianos organizan un coro y cantan el "Vorrei" y la "Stella", y aquellas canciones, tan pobres cuando se oyen tocar en el piano por las niñas sentimentales, en el barco adquieren un tono de añoranza, que hace amarlas y perdonarlas.
Una cómica italiana abraza a un niño y le besa la frente, y por encima de la baranda los emigrantes sacan la cabeza, oteando el horizonte.
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A los cuatro días de navegar, allá, al final, se ven unas montañas completamente rodeadas de mar. Cuando la tierra es rodeada de mar, por poca geografía que se sepa, es fácil adivinar que se trata de una isla.
Aquella Isla es Tenerife. A medida que uno se va acercando, lo que parecía una sombra grisácea son altísimos montes en cordillera; las manchas son peñas inmensas, y lo que semejaban aves en descanso son las costas de Santa Cruz de Tenerife.
Santa Cruz es un montón de casas que parece que bajan de la montaña y se paran al pie del mar. Es una villa completamente rosada: las casas, con tonos de pergamino; las azoteas, de encuadernación; los muros, de áncora oxidada. Por entre las casas se ven plataneras, y entre los platanares, las ventanas, todas pintadas de tonos de sol: verde, azul claro, azul marino, rosa de piel de grana, pero como si todos estos colores hubieran estado polvoreados con oro. Un pueblo con aquellos tintes que sólo los tienen las islas.
El "Argentina" echa anclas cerca de otros trasatlánticos, y un remolcador nos lleva a tierra.
Lo primero que se ve son estas casas especiales que hay en todos los puertos de todo el mundo. Así como se habla de una arquitectura religiosa o una arquitectura civil, a ésta se la tendría que llamar arquitectura carabinera.
Barracas blancas con fajas encarnadas; fielatos con techos de palmas; básculas, palos, depósitos y muelles llenos de cajas y toda clase de señales, con un guarda en cada sitio, que está tomando el sol como una lagartija.
Al entrar en la población todo es limpio, ordenado, con olor a colada. Las tiendas parecen juguetes, que se tienen para pasar el rato en ellas; dijérase que no quieren clientes, en evitación de que les ensucien los mosaicos. Las aceras son lisas y limpias, y el forastero no se atreve a pasar por encima por miedo a estropearlas; aquí y allá se ven patios pequeñitos como una caja de juguetes; y persianas pequeñas, y porticones, y chimeneas sin humo, para no ensuciar el techo, y en medio de todo esto una gran plaza, lisa y limpia como una azotea: aquella plaza de las islas, para estar oyendo el ruido del mar y tomar el sol.
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No vemos a nadie por las calles; pero, de pronto, nos enteramos por qué. Venía un entierro (casi íbamos decir que habíamos tenido la suerte de ver un entierro), y en la comitiva iba todo el mundo, sin contar al muerto, que también estaba allí. Como era persona oficial, según los símbolos de la caja, figuraban en el cortejo todos los elementos. Al ver tanta autoridad, todos de levita y sombrero de copa, no sé por qué me vino la idea de que aún teníamos colonias. Iban treinta gobernadores, treinta señores, o que a lo menos tenían aspecto de serlo: intendentes de esto, delegados de aquello, empleados de todos los ramos, de todas clases de oficios. Una vez pasada la comitiva, las calles quedaban desiertas, y no se veía otro destello de vida que el fuego de algunos ojos negros, encendidos como llamitas detrás de las persianas verdes.
La vida se hallaba abajo, en el puerto. Cuando empezó a oscurecer y a encenderse las luces en los muelles, lo que vimos desde el barco no se nos olvidará nunca más. A medida que se extendía el crepúsculo, de arriba, de abajo, de todos lados fueron saliendo puntos de claridad, azules, verdes, encarnados, de todos colores; unos como gnomos, resbalando por encima del agua con su cola de plata; otros que temblaban en la oscuridad sobre las torres de las iglesias; otros solitarios, en lo alto de los mástiles. Al quedar encendidos, los trasatlánticos se preparan para marchar. Rugen las sirenas, retumbando el eco en el fondo de las montañas; silban y cantan los marineros; ruedan las cadenas; chirrían las grúas; resoplan las máquinas, y al salir cada vapor, radiantes de luz como una brasa inmensa, adioses que parecen llantos rebotan sobre las olas.
Después de Santa Cruz, mar, mar, y siempre mar... Diríase que hay más agua de la que señalan los mapas. Y es que, como están hoy las cosas, ni en los mapas se puede creer.
(Santiago Rusiñol i Prats, nacido en Barcelona en 1861 y fallecido en Aranjuez en 1931, fue un gran pintor además de escritor. Sus primeros escritos son descripciones de la naturaleza y del género epistolar. Estuvo muy ligado a la revista l'Avenc, que trataba sobre temas culturales diversos. Tradujo algunas obras de Baudelaire, escribió algunos textos teatrales y más de una veintena de obras literarias).
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