¡Tenerife! ¡Orotava! Jardín de hechizo donde parecen haberse dado cita todas las flores y donde la vida es perfumada y luminosa. Todo es allí quieto y reposado, con belleza serena.
A lomos de un mulo escalamos la montaña. Nos cruzamos con algunos pastores entrapados en sus mantas de blanca lana.
El terreno es guijarroso; piérdese a veces la traza del sendero. Felizmente la bestia sabe su camino; más bien diríase que lo adivina.
Subimos, subimos y el suelo negro va palideciendo, adquiriendo tonos morenos que varían desde el sepia al siena quemado y al moreno castaño. He aquí que la pendiente se hace más áspera; el mulo retarda el paso y hemos de inclinarnos sobre su pescuezo.
Las nubes son menos espesas. De pronto emergemos de la nube. El sol inunda de claridad el antiguo cráter de Guajara. Miles de colores juegan en los flancos de las montañas rutilantes. A trechos la nieve centellea.
En el centro de extenso circo, el Teide -dedo monstruoso señalando el cielo- yérguese aún 2.000 metros más arriba.
Estamos en las Cañadas, donde sólo se llega por tres coladas de lava. Es el desierto. Pero un desierto espléndido. Paisaje apocalíptico en el que las rocas destrozadas fingen animales monstruosos y amenazantes.
¡El silencio en el monte Guajara! Es único, sobrenatural. Y la noche límpida es pródiga en sorpresas con sus estrellas que surgen de pronto para desaparecer bruscamente.
A partir de Alta Vista, trepamos a pie. Rueda la lava en bolas bajo nuestras pisadas. Seguimos avanzando en un paisaje de infierno; el frío es intenso. Estamos como borrachos. Al fin hemos llegado.
Mientras el viento nos hiela la cara, sentimos quemarse nuestros pies: es el cráter. Aquí se va de asombro en asombro; este pico que de lejos semeja enteramente un sorbete, caliente y frío a la par, es verdaderamente desconcertante.
He aquí el día que llega. Ni la más ligera bruma en el horizonte. Percíbese en el cielo una mancha enorme: la sombra de la tierra; luego un triángulo oscuro y recortado: la sombra del Pico de Teide.
Es formidable. En cualquiera otra parte las sombras que vemos son apenas mayores que las cosas. Aquí pueden contemplarse ¡la sombra de una montaña, la sombra de un mundo!
Nuestras miradas errantes descubren de pronto las otras islas del archipiélago, que lentas van surgiendo. Y el sol, bien pronto resplandeciente, lo ilumina todo con su magnificencia. Azules, oros, rosas, los más delicados colores se combinan; aquí, muy cerca, en el mismo cráter, el oro centellea, refulge, rutila; es la arena que se armoniza con los reflejos esmeralda y rubí de la lava y con trozos de azufres que brillan como topacios a la luz.
¿Cuál fue en otro tiempo la altura de esta montaña que hoy, hundida como está en el mar, aún mide 3.748 metros? ¿Se alcanzaría a ver su cima? ¿Los Atlantes soñarían siquiera en escalarla? Y llega a la mente la espantosa epopeya. ¡Aquí fue la Atlántida!
Acabo de ver los vestigios del cataclismo; he recorrido este fragmento de continente y he aquí que no me basta con ver el gigante aniquilado. Imagino su agonía, sus sobresaltos, sus terrores, sus desfallecimientos, su derrota.
La muerte es única, siempre la misma, para las cosas, para los seres, para el mundo. La desigualdad existe sólo durante el tránsito; y paréceme oír desde aquí los magníficos y espantosos ecos de sus últimas convulsiones.
Siento la impresión de acechar alguna cosa. ¡Si el Teide tornara a surgir! ¡Si el mar volviese a librar aquel combate sobre el mismo campo de batalla!
Y en lo hondo, el mar, enlazando las islas, las acaricia; fulgores transparentes se dilatan por el azul; al ras de las olas arrástranse vapores semejantes a telas frágiles y raras, en las que juegan todos los mares. Desearíamos detener estos esplendores de infinita delicadeza que cambian y se transforman insensiblemente.
Hay que descender. No existe sendero. La marcha es más penosa que en plena noche; tan pronto caminamos a cielo abierto como hundidos en desfiladeros, de tal modo que tropezamos contra sus taludes. Caminamos. Desierto y silencio.
Por fin llegamos a las Cañadas. Aterrador espectáculo. Del centro de innumerables cráteres, surgen rocas como picos. Diríase monstruosos avisperos, ántrax formidables que no se cerrasen nunca. Y mientras tanto, allá a lo lejos, ¡cuánta dulzura!, ¡cuánto atractivo!, ¡cuánta abundancia! Mezcla de horror y de belleza: de espanto y de serenidad.
Horas y horas a caballo entre peñascos desmoronados de las más diversas formas: olas petrificadas que luchan, chocan y se rompen furiosas; dan la impresión de algo eternamente macizo, pesado y al mismo tiempo aéreo. Y a cada lado de estas olas en batalla, ábrese un cráter; incurable llaga del suelo.
Caminamos. Ahora marchamos sobre un terreno de ébano. Pinos violeta, coronados de esmeralda, se destacan sobre el azul intenso del cielo. En el suelo manchas claras, casi blancas. ¿Nieve? Agujas de pinos secos que ningún viento podrá llevarse.
Y en las pendientes, hacia Icod, he aquí una exuberancia, un desbordamiento de vida encantador. Este monte diabólico está bordeado de flores; este pico de la sed está en su base rodeado de torrentes, de galerías encauzadoras de las aguas filtradas de sus cimas y que forman un coro límpido y suave.
Aquí todo es claridad, encanto, armonía. Las más variadas, las más extrañas plantas crecen con furor: unas se encaraman, agarrándose a la piedra, otras caen como arrancadas, balanceándose en guirnaldas; éstas se elevan hacia el cielo, aquéllas se arrastran. Y los insectos danzan, uniendo sus voces zumbadoras al canto del agua.
En paraje alguno pueden experimentarse las formidables impresiones que asaltan aquí, porque en cualquiera otra parte, sobre los pueblos abatidos, sobre las tierras destrozadas, la vida, la vida soberana ha creado nuevas ciudades, ha hecho surgir tierras coronadas de bosques, de mieses, de ríos, de lagos: la savia siempre ha vencido a la muerte.
Tenerife es único. Es el sitio del mundo marcado por el recuerdo. Tenerife es la vasta tumba de un continente y el Teide el obelisco inmenso.
¡Aquí fue la Atlántida!
(El nombre de H. Villete se inscribe en la nómina de viajeros que llegaron a Canarias en la segunda mitad del XIX: Bourgeau, Coquet, Sainte-Claire Deville, Verneau y Jules Leclercq. Con este último colaboró en el referencial "Voyage aux Iles Fortunées. Le pic de Ténériffe et les Canaries", fechado en 1880.)
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