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Triste fiesta


11/dic/05 24:00
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SEMANA DEL LLAMADO ACUEDUCTO, por la cantidad de ojos que tiene este puente, con los días festivos de la Constitución y de la Inmaculada. No menos de setenta y cinco víctimas mortales en accidentes de tráfico, menor actividad productiva que de costumbre, y, este año, la visualización, como ahora se dice, del proceso de disgregación que algunos partidos pretenden imponer en la España política, visible precisamente por la ausencia de los socios parlamentarios del Gobierno de la recepción que el presidente de las Cortes Generales ofrece tradicionalmente el día 6 en el palacio de la Carrera de San Jerónimo. En rigor, lo nuevo de este año no han sido estas ausencias, sino el hecho de que ahora los partidos que no han querido participar en la celebración son los que contribuyen a mantener en el poder a Rodríguez Zapatero; en estas circunstancias no hay más remedio que concluir que, cuando actúan de esta manera, será porque les conviene que esté en La Moncloa precisamente este hombre, al frente de este Partido Socialista Obrero Español que empieza a correr el riesgo de no ser ni socialista, ni obrero, ni español, y si sigue siendo partido es, cada vez más, por la alta probabilidad de su escisión interna si sus actuales dirigentes persisten en su estrategia hacia los separatistas.

Fiesta deslucida

La recepción del Día de la Constitución tuvo más ausencias políticas representativas que nunca: no compareció nadie del PNV, Eusko Alkartasuna, Nafarroa Bai, Esquerra Republicana de Catalunya, Bloque Nacionalista Galego o Chunta Aragonesista. Los presentes eran el PSOE, el PP, Izquierda Unida, Coalición Canaria y un deliberadamente solitario representante de Convergència i Unió por cada Cámara. Pero no fue éste el único factor que deslució la fiesta: la atmósfera de los salones del Congreso de los Diputados era correcta, pero fría y, si se me apura, hasta un poco tristona: muchas de las conversaciones giraron en torno a las perspectivas sombrías del próximo debate del proyecto de Estatuto catalán, y los asistentes abandonaron el viejo caserón una hora antes que de costumbre. No había muchas ganas de celebrar nada.

Pero hubo, además, otro hecho que no contribuye precisamente a tocar las castañuelas: ETA colocó media docena de explosivos en distintas carreteras de las afueras de Madrid, para dejar constancia de que sigue viva, de que cuando quiera puede seguir matando, y de que si no lo hace es porque quiere dar facilidades a un Gobierno concesivo para que prosiga en su caída, pendiente abajo, hacia la desarticulación de España. De hecho, el gran argumento del Gobierno y el PSOE para justificar su política es que "ETA lleva dos años y medio sin matar", como si pudiera hablarse dignamente de una especie de "terrorismo soportable" o de "terrorismo de baja intensidad" que convirtiese a los terroristas en interlocutores del poder legítimo en plano de igualdad porque no matan, sino que sólo extorsionan, amenazan y ponen bombas donde tienen por conveniente.

Para colmo, justo en esos días (las casualidades no existen en estas cosas) se presentó un libro de declaraciones de Arnaldo Otegi, el portavoz de Batasuna, brazo político de ETA, en el que revela que entre la banda y el partido socialista existen conversaciones desde hace al menos cinco años. Verdaderamente, no puede decirse que la celebración del Día de la Constitución haya sido este año una fiesta memorable; si se recuerda por algo no será, desde luego, por haber sido una fiesta.

Podríamos pensar en buena lógica que estas cosas ocurren desde hace muchos años, y preguntarnos, entonces, qué hace distinto este año de los anteriores. La respuesta es que ETA, el PNV, Esquerra Republicana, los partidos microscópicos que han logrado uno o dos escaños en 2004, hacen, en efecto, lo mismo ahora que han hecho siempre, pero el que ha dado un giro copernicano ha sido el PSOE, uno de los dos grandes partidos nacionales, con la agravante de que es justamente el partido que ahora ocupa el poder. El PSOE está irreconocible desde el tiempo, no tan lejano, en que firmó el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y suscribió la Ley de Partidos Políticos. Ésta es la gran diferencia, y también el principal factor de alarma e inquietud en muy amplios sectores de la ciudadanía, incluido el que dio su voto a Rodríguez Zapatero y ahora tiene la sensación inequívoca de haber sido políticamente estafado en toda regla.

Desconcierto

Las revelaciones de Otegi, los mensajes que ETA hace públicos dando por sentado que existen contactos -directos o indirectos- con el Gobierno de Rodríguez, el envalentonamiento de Esquerra Republicana (que ha celebrado este año el Día de la Constitución montando tenderetes esparcidos por Cataluña donde se invitaba a sus simpatizantes a arrancar hojas de ejemplares de la norma máxima), son otros tantos síntomas del desconcierto de la política gubernamental. Rodríguez ha abierto demasiados frentes a la vez, urgido por la prisa en producir hechos irreversibles antes de las próximas elecciones, y ahora se encuentra con que, como se suele decir, no tiene boca para tanto bocado.

El Partido Popular, consciente de los flancos débiles de su principal adversario político, trata de explotar la situación en su beneficio, aunque (no se sabe si contando con la negativa socialista) no ha dejado de ofrecer al partido gobernante su colaboración para todo lo que tenga que ver con la unidad de España y la lucha antiterrorista, objetivos que, efectivamente, trascienden -o deberían trascender- la política partidista. El Gobierno y el PSOE, sin embargo, no aceptan ese ofrecimiento, que juzgan envenenado, y prefieren seguir del brazo de Esquerra Republicana y mantener esos contactos con el brazo político de ETA, en la ilusoria esperanza de que un día, como por arte de magia, la banda asesina decida entregar las armas y los explosivos y disolverse.

Este desconcierto gubernamental se deja sentir no sólo en estas grandes líneas estratégicas, sino también en otros cambios de la acción política, como es, por ejemplo, la necesaria -e inexistente- coordinación entre los distintos ministerios. El enfrentamiento entre Asuntos Exteriores y Defensa se ha vuelto a escenificar esta semana otra vez, con declaraciones incompatibles de los respectivos ministros a propósito de venta de armas a países africanos paupérrimos como Ghana o Angola: al anuncio por parte de Moratinos de esta operación, que se realizaría con un viaje del ministro Bono a esos países, ha seguido un desmentido tajante en boca de Bono en persona; este incidente ha obligado a la vicepresidenta del Gobierno a retorcer la lógica y salir del paso como ha podido: como Exteriores y Defensa están en el mismo Gobierno, eso significa que están coordinados. Así vamos tirando.

ramon.pi@sistelcom.com

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