COMO EL "MATERIAL" que tenía disponible para el ladrillo "Día de Juzgados", publicado días atrás, era mucho, rompo la buena costumbre de no atosigar a los desafortunados lectores con alargar el tema. Pero es que se me quedaron varias cosas de interés en el tintero y terminé con la impresión de que había dejado el comentario desrabado, que dicen en mi pueblo. Por ejemplo, conté el "episodio" de la primera vez que tuve que sentarme en el "banquillo de los acusados" con resultado de "absuelto", pero no relaté la segunda ocasión en que también me obligaron los señores magistrados a situarme ante ellos en el tal asiento, el cual, por cierto, tiene fama de incómodo y no lo es; son peores las butacas del Auditorio que el banquillo y a éste se puede entrar mejor a sentarse. Esta vez se trataba de un artículo que publiqué en estas páginas comentando, en plan un poco bestia, otro artículo firmado por un señor catalán no recuerdo en qué periódico aunque podría ver nombre del diario y de la persona si reborujo en los papeles de la sentencia, que todavía debo tener por ahí. En su escrito, mi denunciante defendía a unos etarras que habían cometido un atentado, cosa que hubiera merecido que fuera él quien estuviera en mi lugar. Pero al jodido -con perdón- independentista le jorobó que lo hubiera acusado de "apología del terrorismo" y va, el hijo de su madre, y me pone una denuncia en toda regla y se gasta las perras en nombrar un abogado acusador por "calumnias e injurias", que, como ya dije, es lo que estaba de moda en aquel período de transición y de confusión. Pero aquí no me escapé. El tribunal me condenó a un arresto de no sé cuántos días y a una multa. A los periodistas pertenecientes a la Asociación de la Prensa, de la que fui muchos años presidente y ostento, con orgullo, la Presidencia Honoraria, nos asistía en líos leguleyísticos, un despacho muy acreditado del que formaban parte tres entrañables amigos: Julio Pérez Hernández, a quien conocía desde niño por ser hijo de mis queridos amigos Julio Pérez Cruz y María Hernández; Manuel Álvarez de la Rosa, quien luego fue vicepresidente del Gobierno autónomo, y Jesús Martínez de Lagos Veguero, otro de los mejores letrados de aquellos años. Julio también era periodista, y muy bueno, y había realizado las prácticas en este periódico cuando yo era redactor-jefe. Pero, para que se sepa la categoría personal y política de este joven abogado, desempeñó una Consejería en el Gobierno de Canarias, presidió la Autoridad Portuaria y ocupó el cargo de gobernador civil. Manolo Álvarez, además del cargo ya citado, fue candidato a la Alcaldía de Santa Cruz por el PSOE. Ninguno cobraba un duro ni por las actuaciones ante tribunales ni por el abultado papeleo que gestionaban por nuestros numerosos líos jurídicos porque, entonces, ser periodista era una profesión de riesgo ante los tribunales. O sea, que su amistad y su servicio, encima, les costaba dinero. A mí, en el juicio de la condena le tocó defenderme al querido Jesús, quien, por mi práctica infantil de espectador de juicios, pude captar que hizo una magnífica defensa. Le correspondió acusarme a quien hoy es un muy querido y admirado amigo y no voy a nombrar, porque nunca se lo he recordado y, además, tenía que haber actuado bien cuando consiguió que casi me metieran en la trena, pero yo tenía confianza en que Jesús conseguiría la absolución del Supremo, como así fue, aunque, por cierto, todavía no he visto una perra de la fianza que pagué y tenían que devolverme... Y como me estoy arregostando a contar cosas de la Justicia, no pongo todavía el punto final. Perdonen la lata.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD