CONTINUAMOS, si al lector no le importa y, es más, si le apetece, con nuestro recorrido por los sabores, sean tradicionales o no, del carnaval, porque, de los otros, de los que no lo son tanto, también tendremos ocasión de hablar durante estas fiestas en las que uno ha decidido olvidar cualquier actualidad que no guarde relación con el rebumbio propio de estas fechas.
Me desgranaba, en cierta ocasión, Antonio Cubillo, sus recuerdos de las viejas carnestolendas. De las que se vivían allá por los cincuenta -del pasado siglo, claro-, que eran impensables sin las torrijas, ese dulce casero, tan facilito de hacer y tan rico. Rememoraba don Antonio las visitas a las casas burguesas donde las señoras invitaban a los jovencitos a esos dulces y los jovencitos se mandaban deleitosamente aquellas golosinas hogareñas mientras, de reojo, echaban tiernas miradas a las niñas de buen ver de la familia, que el carnaval siempre fue carnal, como su propio nombre indica, aunque los pibes de ahora estén convencidos de que sus progenitores no se comían una rosca. O una torrija.
Todavía se hacen torrijas, por cierto, en muchas cocinas de hoy, y sería una pena que tan sabrosa costumbre carnavalera se perdiese. El tradicional postre puede hacerse a base de leche o a base de vino. Las primeras son más propias de la Semana Santa, y las segundas más adecuadas para esta época de desenfreno (presunto) y tal.
Empecemos por las borrachas, o sea, las de ahora: se hierve durante un ratito -no mucho- agua con bastante azúcar, un par de palitos de canela y unas ralladuras de limón. Se deja enfriar este almíbar, se cuela y se le añade un vaso de vino muy dulce. En una sartén, con aceite bien caliente, freímos unas rebanadas de pan y, al sacarlas, las empapamos con el líquido anterior. Luego, las rebozamos en huevo batido y volvemos a freírlas. Al sacarlas de la sartén, las ponemos en una bandeja y las rociamos generosamente con azúcar. O miel, si lo prefieren.
Las de leche -que, curiosamente y aunque el lector pueda ponerlo en duda- a mí me gustan más- admiten varias preparaciones; pero, la más estupenda es ésta:
Tomamos dos tazones de leche, agregamos un trozo de cáscara de limón y la calentamos hasta que hierva. A continuación batimos unos huevos a punto de nieve y cortamos el pan en lascas gorditas. Las mojamos en la leche, sin que se ablanden mucho, las pasamos por el huevo y las freímos hasta que se doren por los dos lados. Las pasamos por una servilleta de papel absorbente y, luego, las ponemos en una bandeja. Por otra parte, calentamos una taza de miel con un buen chorro de agua y un poco de matalahúga molida o machacada en un mortero, que pegue a hervir y movemos con una cuchara de madera para que la mezcla quede bien. Y ahora, bañamos las torrijas con ese dorado y agradabilísimo manto. Si no las hacen ahora, esperen a Semana Santa para poner manos a la tarea.
Y que aproveche, hermanos.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD