Hay, básicamente, tres maneras de evocar hoy la lección de Auschwitz-Birkenau, el gigantesco campo de concentración construido por los nazis en Polonia: a) el clásico "nunca más" que interpela a la conciencia humana universal; b) la de Israel o "la lección que aprendimos"; c) la de Alemania o la de "hoy no somos culpables del Holocausto, pero asumimos una responsabilidad especial".
La primera ha servido para exorcizar a la generación de la II Guerra Mundial y siguientes y ha suscitado, sin duda, el mejor y más saludable debate sobre la condición humana y su registro moral desde el homenaje a los exterminados bajo el III Reich, en su inmensa mayoría judíos, pero también disidentes políticos, minusválidos mentales, homosexuales y "asociales" en general.
Sólo tardíamente llegó la reflexión final: el hecho de que la industrialización de la muerte a partir de instrucciones políticas fue también una proeza administrativa y de eficiencia estatal que involucró a miles de burócratas, no todos nazis, y apareció compatible con la modernidad.
Tal fue el descubrimiento que el libro de Zygmunt Bauman ("Modernidad y Holocausto") trató con deslumbrante brillantez.
Los alemanes de hoy han sabido situar la tragedia desde la creación del régimen democrático en 1949: asumieron, en nombre de la "memoria del Estado" su responsabilidad y, además de una pedagogía intachable al efecto, durante largos años han pagado indemnizaciones multimillonarias al Estado de Israel. La distinción entre "culpa y responsabilidad" es razonable y coherente: una sociedad no puede ser tenida por otra, y del mismo modo que el Reich no fue Weimar, la RFA no es el Reich.
Por fin, Israel tal vez debe su existencia al Holocausto. Si la presión sionista y la instalación en Palestina de cientos de miles de colonos judíos habían creado ya un embrión de Estado (el Yishuv) antes de la guerra y durante la misma, el descubrimiento del horror de la matanza de seis millones de judíos dio un impulso decisivo a la partición de Palestina en 1947 y la creación de Israel al año siguiente.
Israel es, y quiere serlo, "un Estado judío" y de hecho todo judío que lo desee obtiene automáticamente la nacionalidad y la ciudadanía israelí.
El general Sharon dijo ayer que Auschwitz es la "lección que aprendimos, la de garantizar nuestra seguridad contra nuestros enemigos". La íntima relación Holocausto-Israel obliga a mucho: nada menos que a ser impecablemente democrático y moderado. Y no lo está siendo con los palestinos.
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