Cierto es que el papel aguanta todo lo que le pongan, pero si la directora general de RTVE tuviera un poco de pudor profesional, no diría que "en España no hay cultura de canon para financiar la televisión pública", como recoge un titular publicado por este periódico hace dos días. Hay quien callada suele estar más guapa. Y no estoy pensando en nadie concretamente, aunque a lo mejor sí. La televisión pública, tanto en Canarias como en cualquier rincón de este país, es un despilfarro difícil de asumir e imposible de justificar. Lo único que ha cambiado con el retorno del PSOE y el nombramiento de la señora Caffarel es un descarado aumento del sesgo, aunque en sentido contrario. Al final están haciendo un santo del denostado Urdaci, anterior jefe de los servicios informativos, que acaba de despacharse a gusto con la publicación de un libro en el que no deja títere sin decapitar. Bueno, también han modificado la cabecera de los telediarios, así como el detalle -indudablemente progresista- de quitarles la corbata a algunos locutores que los presentan. Por algo se empieza.
Ignoro si la directora general del Ente -"ente" parece un término adecuado para designar a la cosa- continúa influenciada por esa comodidad con la que, desde hace tiempo, se vive en esa torre de marfil que es ahora la Universidad española. Tal vez debido a tan laudatoria condición, todavía no ha reparado en que la televisión pública se sufraga con los impuestos. El canon hace años que lo pagamos todos.
Aunque lo peor no es eso. También llevamos mucho tiempo desembolsando una tasa, por la misma vía impositiva, para sufragar generosas ayudas a muchos bodrios cinematográficos que se ruedan en este país. Películas malas donde las haya, que nadie filmaría si algún camarada en la Administración no las financiase de antemano, pues en taquilla no obtienen ni para el sueldo del portero. Subvenciones, huelga decirlo, que salen de un erario al que contribuye cualquier ciudadano con edad para pagar impuestos, de buena gana o a la fuerza, aunque sea de los que jamás pisan un cine. En Estados Unidos -referencia obligada para las artes del celuloide-, una película la costean en taquilla, o en la tienda que vende el DVD, aquellos a los que le gusta. En España la sufragamos todos; basta con que el cineasta sea ideológicamente afín a quien gobierna y tenga un amigo hasta en el infierno, recomendación que, por cierto, me hizo en su día Rocío Jurado, si bien a cuenta de otro asunto. Algo extensible, casi sin variaciones, al mundo de la televisión.
La consecuencia es que el cine norteamericano produce filones económicos aplaudidos en todo el planeta, y también sonados fracasos; conviene no olvidarlo. Nuestros peliculeros, en cambio, han de conformarse -los que tienen esa suerte- con que de tarde en tarde los seleccionen para un Oscar, y alguna vez hasta se lo den. Algo parecido a la carrera espacial: mientras los norteamericanos llegaron a la Luna hace 36 años, en España festejamos que un par de veces nos hayan sacado a pasear por ahí fuera a un astronauta patrio. Esa es la cota de nuestro modernismo, nuestro éxito y nuestra heroicidad. Algo de lo cual debe sentirse muy satisfecha la señora Caffarel; en caso contrario, no sonreiría tanto.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD