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EL GONGO CHEMA HERNÁNDEZ*

Pandemia graffitera


21/ene/05 01:09
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Anárquico por naturaleza, el graffiti inunda paredes, muros y todo tipo de mobiliario urbano de nuestras ciudades amparado en el anonimato, en lo que constituye una especie de afirmación o reafirmación personal de quien lo realiza y cuya causa es difícil de explicar. Unas veces son auténticas obras de arte -incluso un coleccionista pagó hace poco en una subasta 18.000 euros por una puerta firmada por unos famosos graffiteros neoyorquinos- y otras, unos simples trazos incomprensibles o letras sin un significado más allá de ser grandes y llamativas.

La huella de estos "artistas" queda indeleble sobre fachadas públicas y privadas, antiguas o recién pintadas, sin que medidas policiales o municipales puedan evitarlo. Pero esta situación no es nueva. Ya en Altamira, a falta de papel, el hombre se expresaba en la superficie rugosa de las cuevas, aunque no tenía conciencia de atentar contra ninguna norma social, pues no vivía en "sociedad"; en cambio, una vez constituida ésta, y a lo largo del tiempo, encontramos monumentos como Gizeh en Egipto, los templos mayas o edificaciones de Pompeya con inscripciones "antisociales" de diversa índole, hasta llegar a su máxima expresión en los 144 kilómetros del muro de Berlín durante la segunda mitad del siglo pasado hasta su caída.

La actitud ciudadana general es una mezcla de admiración por aquellas muestras que realmente poseen calidad artística y el rechazo por su falta de respeto a la propiedad pública. Es indudable que el perjudicado es el paisaje urbano, ¿pero qué es lo que mueve a estas personas, en su mayoría jóvenes y de asombrosa capacidad expresiva, a utilizar la noche y el spray de colores? Malestar, desencanto, una vida sin sentido, actitud de protesta, rebeldía, falta de alternativas y otras son las causas que se apuntan para explicarlo. Drogas, alcohol y fracaso escolar constituyen un entorno por el que se mueven quizás intentando encontrar una salida. Sin embargo, chocan de frente contra el muro, el "The Wall" de Pink Floyd, estridente y anodino, sin poder escalarlo y ante el que se someten avasallados por su peso. En su infructuosa lucha por levantarse, sus manos, manchadas de pintura, dejan crípticas señales de miradas sin lágrimas y gargantas mudas, ante las que los demás, cuando pasamos en coche o en guagua, decimos: ¡Vaya payasada!

* Redactor de EL DÍA

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