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Ir al índice de ActualidadMiércoles, 29
diciembre 2004

Juan Carlos Carracedo*
El tsunami de Sumatra

LAS FIESTAS NAVIDEÑAS se han visto empañadas por una de las catástrofes naturales más costosas en vidas humanas de los últimos tiempos. Un terremoto de magnitud 9 en la escala de Richter al norte de la isla de Sumatra, en el océano Índico, uno de los mayores en este siglo y el anterior, ha generado un gigantesco tsunami que ha devastado las costas de esta isla, la de Sri Lanka (la antigua Ceilán), de la India y Tailandia, generando miles de víctimas y unos daños incalculables.

Gracias al espectacular avance de la Geología, a partir de la Segunda Guerra Mundial, la explicación del mecanismo capaz de producir estos grandes terremotos y tsunamis es de una gran simplicidad. La corteza terrestre está dividida en grandes placas que se desplazan sobre la esfera terrestre, unas veces alejándose y generando cuencas oceánicas, y otras chocando y produciendo montañas, terremotos y volcanes. Cuando las placas que chocan se mueven con relativa lentitud -aproximadamente a la velocidad con que nos crecen las uñas- la energía se absorbe, como en un choque frontal de coches, en el plegamiento que da lugar a las grandes cordilleras (los Alpes, los Andes, el Himalaya, etc.). En cambio, si la velocidad conjunta de ambas placas es excesiva, una de ellas se hunde debajo de la otra, en un proceso que se denomina subducción. Este deslizamiento genera fricción y enganches, que se resuelven con roturas bruscas y gran liberación de energía en formas de ondas sísmicas o terremotos. En el siglo pasado los terremotos asociados a estos "enganches" se cuentan por decenas de miles los de magnitud (M Richter) menor de 5, en miles de M5 a M7, cientos de M>7 y sólo unos pocos de magnitudes similares al ocurrido ahora en las proximidades de la isla de Sumatra.

En este tipo de terremotos lienzos del fondo oceánico de miles de kilómetros cuadrados se hunden bruscamente, a la par que el vacío resultante se rellena de agua. El rapidísimo movimiento de ingentes masas de agua en el fondo marino se traslada a la superficie en forma de olas de enorme longitud de onda mientras discurre por mares profundos, que gracias a esa característica se desplazan a velocidades de cientos de kilómetros a la hora. Cuando, como en este caso, el lugar del terremoto está rodeado de continentes con amplias plataformas costeras y costas bajas densamente pobladas, la catástrofe es previsible. Al llegar a las zonas más someras, el rozamiento con el fondo comprime la onda, que aumenta su altura, lo que le permite avanzar kilómetros tierra adentro. Lo peor es el reflujo, pues mientras el avance es relativamente lento, más parecido a una enorme inundación, el reflujo es violento y arrastra todo a su paso. Si tenemos en cuenta que se producen numerosos frentes de olas con intervalo de minutos, podemos imaginarnos la devastación resultante.

¿Se pueden minimizar estas catástrofes? Afortunadamente la respuesta es sí, aunque en este caso los avances tecnológicos, desgraciadamente, no se habían implementado aún. Los terremotos no pueden predecirse en absoluto, pero podemos sacar ventaja de que las ondas sísmicas son mucho más rápidas que las olas de tsunami, por lo que se registran con bastante antelación a la llegada del tsunami a las costas, en este caso alrededor de hora y media. Este tiempo supone una ventaja vital para evacuar a la población en las zonas costeras, si existen los medios y protocolos adecuados. En el océano Índico no existen, pero sí en el Pacífico. En Canadá, EEUU, Australia, Japón, las islas Hawaii, etc. pueden verse en las costas de las zona pobladas del Pacífico enormes mástiles con grandes sirenas, que se activan cuando se registra un terremoto en el mar, dando cierto tiempo a la población para refugiarse en lugares previamente establecidos en previsión de un posible tsunami. Si esto hubiera existido en Sri Lanka, la costas de la India, Tailandia y Sumatra, podían tal vez haberse ahorrado muchas de las víctimas.

No es el momento de hacer crítica, sino de solidarizarse con la inmensa tragedia de esas poblaciones y sus gobiernos. Pero al igual que el tráfico automovilístico creciente ha obligado a adoptar medidas preventivas obligatorias cada vez más estrictas (cinturones de seguridad, airbags, controles de velocidad y consumo de alcohol, etc.), perfectamente asumidas por su interés general, o se refuerza al máximo la lucha contra el terrorismo internacional, debemos pensar que la Naturaleza es igualmente insensible a la vida humana, aunque lógicamente sin malicia. El futuro de una población mundial creciente está lleno de incertidumbres y peligros. El riesgo que suponen los fenómenos naturales, aunque similares a los del pasado, es cada vez mayor debido al crecimiento poblacional. La especie humana se ha crecido ante estas adversidades, respondiendo a las amenazas con avances tecnológicos y un mayor esfuerzo solidario. Sin embargo, para implementar estos avances -relativamente poco costosos- en forma eficaz hace falta una decidida voluntad política, dar prioridad a la vida humana sobre el desarrollo económico descarnado, aspecto en el que aún estamos incomprensiblemente muy atrasados.

¿Pueden ocurrir desastres parecidos en España? Desde luego que sí, aunque tal vez con menor probabilidad. La península Ibérica está en la frontera de la placa Euroasiática con la Africana. Esta frontera está representada por una gran falla (la falla Azores-Gibraltar) capaz de generar terremotos de magnitudes equiparables. De hecho, ya hubo un terremoto en 1755 (el terremoto de Lisboa) que pudo tener una magnitud parecida, con epicentro al suroeste del cabo San Vicente. Este terremoto produjo, asimismo, un gran maremoto o tsunami (el maremoto de Conil), que afectó la bahía de Cádiz y las costas bajas de Huelva, Portugal y Marruecos, produciendo miles de víctimas. ¿Sería desproporcionado instalar medios similares a los adoptados en las costas del Pacífico para el aviso de maremotos? Parece que no, si llegado el momento se pueden evitar cientos o miles de víctimas.

¿Y en Canarias? Afortunadamente, las Canarias están lejos de estas zonas sísmicas asociadas a los bordes de placa, al encontrarse afincadas precisamente en el interior de una de ellas, la Placa Africana. No pueden darse aquí, ni por asomo, fenómenos catastróficos de tal magnitud. Los únicos procesos equiparables están relacionados con el excesivo crecimiento de las islas en determinadas fases de su desarrollo, en las cuales se restablece el equilibrio liberando parte de la carga en forma de grandes trozos de isla que se desploman al mar generando olas de tsunami. En la última década se han documentado, tanto por estudios de geología terrestre como marina, más de una decena de esos "deslizamientos gigantes". Sus efectos en tierra son claramente apreciables, ya que así se han formado nuestros valles y calderas más notables (Las Cañadas y Taburiente, los valles de La Orotava y Güímar, El Golfo, el valle de Aridane, etc.). Se ha debatido asimismo la posibilidad de un deslizamiento futuro de la cara norte del Teide o de la ladera oeste de Cumbre Vieja. Sin embargo, esta posibilidad no está científicamente probada, ya que estos volcanes pueden evolucionar en el futuro hacia configuraciones estables y, en todo caso, su probabilidad a corto plazo geológico (unos miles de años) es remotísima, ya que los intervalos de recurrencia de estos deslizamientos se cifran en centenares de miles de años. Ni que decir tiene la inconveniencia de tratar estos temas en los medios de difusión de masas, sobre todo asociándolos a probabilidades en tiempo humano, que se cifra en días, semanas o años. Ya lo dice con sorna el refrán "en cien años, todos calvos". No digamos en cien mil.

En cuanto a los maremotos, las únicas posibles evidencias (depósitos sedimentarios particulares) se encuentran en las islas orientales (Gran Canaria, Lanzarote), de costas menos escarpadas, y se cifran en centenares de miles de años.

Es hora de que empecemos a ser realistas con los riesgos naturales propios de Canarias, sin exageraciones contraproducentes, que resultan en dispendios extravagantes e inútiles, ni abandonos incomprensibles. Nuestros riesgos naturales son insignificantes comparativamente, pero son nuestros riesgos y los únicos que pueden afectarnos. Por orden de importancia los avenidas de barrancos, que se mitigan con la adecuada canalización, limpieza y mantenimiento, y los volcanes, poco peligrosos pero cuya investigación y vigilancia es imprescindible.

*Investigador del CSIC. Estación

Volcanológica de Canarias (CSIC)

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