Es una pena que Canarias no tenga lengua propia, circunstancia que nos priva de participar en un gran circo nacional. Extraño circo, por lo demás, ya que al contrario de lo que sucede en este tipo de entretenimientos, abundan los payasos en detrimento de domadores, trapecistas y otros números clásicos de la pista, si bien hay algún contorsionista y no faltan los enanos; al menos los mentales. Cierto que en esta tierra insular -lo he dicho ya- se prodigan algunas ¿incorrecciones? lingüísticas como el "más nada", "estógamo" o "me se cayó", que muchos, "sin necesidad ninguna", se empeñan en elevar a la categoría de modismos vernáculos, aunque tales lindezas idiomáticas las he oído -aunque no escuchado- en otras regiones españolas allende los mares isleños. Pero todo esto no da para constituir una lengua autóctona, algo que, si no me falla la memoria de mi época de bachiller, requiere como señas de identidad no sólo un vocabulario, sino también una gramática y cierto número de obras literarias escritas en ella.
Coñas aparte, el espectáculo de los catalanes a la greña con los valencianos porque la Constitución se traduzca -o no- también al supuesto idioma levantino, supone un bálsamo para el espíritu en este mundo convulso. La risa, muchas veces se ha escrito, remedia muchas aflicciones. Y este país, reconozcámoslo, resultaría un tanto aburrido sin diecisiete autonomías; al menos sin dos o tres empeñadas en el ejercicio permanente del esperpento. Les aseguro que habitualmente no leo a Pasqual Maragall, pero encuentro sublime ese artículo suyo titulado "En defensa del rigor lingüístico". Eso sí, conviene tener a mano un frasco de linimento, pues antes de llegar a la mitad es probable que las carcajadas le desencajen la mandíbula a cualquiera. Su explicación de que el catalán y el valenciano, junto con el balear, son un mismo idioma, rebosa méritos para figurar en los anales de la filología bufa. "El independentismo lingüístico valenciano -señala el president- es una opción respetable, como todos los independentismos y todas las ideologías, pero rompe por causas políticas de corto vuelo con una tradición científicamente sólida de unidad de la lengua". Casi nada si te coge, como decía Domingo de Laguna.
Se pregunta Maragall si las diferencias del castellano andaluz con el de Madrid justificarían traducir la Constitución europea a dos lenguas distintas. Sin ánimo de contradecir a tan preclaro político, supongo que no es lo mismo pronunciar Madrid, con "d" a secas, que decir Madrizzz al mejor estilo zapateril. De la misma forma, ese gracejo andaluz al hablar, esa cada vez más acusada costumbre de comerse la "s" final, acaso merecería cierta consideración académica. Aunque lo de los plurales cortados por lo sano también lo oigo con harta frecuencia en la isla de enfrente, tal vez porque la globalización idiomática no puede sernos ajena.
La única lástima respecto a lo anterior no es sólo que se trata de un espectáculo vergonzoso para nosotros y posiblemente vergonzante para quienes nos contemplan desde fuera; lo peor es que haya tantos cretinos peleándose por lo superfluo, cuando la sufrida ciudadanía continúa sin poder, por ejemplo, comprar una vivienda a precio razonable. O ser atendida por un oftalmólogo antes de perder la vista totalmente. Penoso.
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