LOS NIÑOS muertos en el colegio de Beslán, en Osetia del Norte, son nuestros niños. Y sus padres y maestros, también. Quien dude de que este tipo de acciones no tienen un objetivo internacional está colocándose una peligrosa venda en los ojos ante la amenaza del terrorismo mundial. Comenzó con el 11-S en Nueva York, continuó con el 11-M en Madrid y, ahora, nos encontramos con el colegio ruso. En el camino se han registrado varios atentados de gran envergadura porque los terroristas chechenos no se arredran ante el número de víctimas. Podemos discutir las causas y los orígenes de cada grupo terrorista. Los chechenos tienen una espantosa historia a sus espaldas de represión y muerte desde los zares a Stalin, sin olvidar el puño de hierro de Putin. Pero en la actualidad esas prácticas terroristas indiscrimadas, que han tenido acciones anteriores en edificios de Moscú, en el teatro Dubrovka o en los dos aviones civiles derribados hace unos pocos días, demuestran una dependencia total del fanatismo integrista musulman. Hay que evitar la demonización general de los chechenos, porque sería un error tan estúpido como el de considerar a todos los musulmanes terroristas adictos a Al Qaeda. Nada tiene que ver la oposición pacífica a Moscú del líder checheno Masjádov con la demencia terrorista de Basáyev en colaboración con Al-Suliemin, responsable militar de la facción terrorista chechena, una combinación de las peores escuelas fanáticas islamistas.
Todo vale. La mano dura del presidente ruso, Vladimir Putin, ha sido criticada durante los últimos años por las organizaciones humanitarias internacionales. Es cierto que todos hemos mirado hacia otro lado y hemos preferido ignorar lo que estaba ocurriendo en el Caúcaso. Me temo que, como ocurrió en los Balcanes en los años noventa, lleguemos tarde a una zona que amenaza con desestabilizar a toda Europa.
Nadie hace mención a la gran importancia del petróleo de la zona. La gran bolsa del Caspio suscita grandes intereses, aunque los oleoductos se hayan desviado de Chechenia, pero a un elevado coste que en Moscú no se piensa mantener.
Con decenas de niños muertos en el colegio nadie habla de los recursos energéticos que mueven los hilos terroristas edulcorados con el integrismo islamista que lucha por el poder mundial, desde Arabia, pasando por Irak e incendiando el Caúcaso. Y si puede golpea en Occidente. Por muy lejos que esté el colegio de Beslán, no podemos quedarnos únicamente con el corazón encogido por la tragedia, debemos concienciarnos, sin alarmas gratuitas, de la magnitud y gravedad de la situación.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. Avda. Buenos Aires 71, S/C de Tenerife. CIF: A38017844.