QUE ESCONDE LA CABEZA cuando ve el peligro. Qué pena me dan las niñas que, en lugar de disfrutar de su niñez, quieren quemar etapas y "parecer" mujeres. Niñas supermaquilladas, con amplios escotes, barriga al aire, pearcings en el ombligo, el labio o la lengua, cuando menos, ajustados pantalones o diminutas minifaldas, buscando guerra. Me pregunto dónde están sus padres para dejarlas salir así. Padres que, como es lo que hacen las demás, quizá teman que les llamen carcas y, como el avestruz, esconden la cabeza. O tal vez carezcan de fuerza moral para llamarles la atención, dada la forma de vida de tales padres. Luego se sorprenden cuando su hija aparece con un "embarazo no deseado".
El botellón, el porro, la cocaína, el sida, la enfermedad venérea, el éxtasis... Si todos los jóvenes lo hacen ¿qué puedo hacer yo? No tenemos tiempo para hablar con nuestros hijos, el trabajo, las relaciones sociales, los horarios... y volvemos a esconder la cabeza. Y nuevamente nos quejamos: ¡nos estamos matando a trabajar para darles calidad de vida y mira cómo nos pagan! El comportamiento, el lenguaje, saber comportarse, saber comer, respetar... algo que antes se llamaba "urbanidad", asignatura que se daba en los colegios, es un mundo desconocido, no sólo entre jóvenes sino, también, en mayores. Parte de culpa la tienen los profesores y maestros, a los que antes se respetaba. Pero llegaron los modernos, los que querían estar "cerca" del alumno, ser su amigo, y la jorobaron. Ahora lo están pagando, tal vez justos por pecadores, y no extrañan las depresiones que azotan el cuerpo educativo. Un colectivo que, encima, tiene que soportar las críticas de los padres que pretenden que la escuela sea su guardería, su enfermería y, también, que el maestro ejerza de padre y eduque a sus hijos, ya que ellos no tienen tiempo. Y, nuevamente, se vuelve a esconder la cabeza.
Los medios de comunicación, principalmente las cadenas de televisión, las películas, especialmente las españolas, algunas emisoras de radio locales, sin respetar horarios, llenan nuestras casas de violencia, sexo, vocabulario de lo mas soez y ¡terminamos aceptándolo! Otra vez aquello del "yo puedo hacer", y en lugar de denunciarlo, otra vez volvemos a esconder la cabeza.
Es frecuente que en todo tipo de tertulias surja el tema de lo mal que están las cosas, de lo mal que va la vida, que esto no hay quién lo arregle. Buscamos culpables, justificamos posturas, pero nadie se siente culpable. Si le dices a alguien escribe, denuncia... ¡no me metas en líos, a mí déjame tranquilo! Y egoísta e irresponsablemente, volvemos a esconder la cabeza.
Podríamos seguir desgranando casos y situaciones que deben preocuparnos seriamente. El tejido social en que vivimos está corrompido y todos estamos pagando las consecuencias. Se van alzando algunas voces, pero tímidamente, con miedo, temiendo perder la comodidad. Tal vez se quejan y hasta protestan porque la tele basura no hay quien la soporte, pero... no cambian de canal.
Un alcalde de la vecina isla, cuyo municipio lamento no recordar, impuso el pasado año toque de queda para menores a partir de una determinada hora, medida que levantó su polémica. Y mira tú por donde Londres y otro país europeo, van a implantar similar medida.
Algo hay que hacer, ya que estamos llegando a límites preocupantes. Como botón de muestra, lo que está ocurriendo en los centros de menores que, por cierto, señora consejera, no diga que todo está controlado, que no es verdad, que esos muchachos y muchachas son muy difíciles de controlar. No digamos, también, de lo que está ocurriendo en los colegios.
El temor a perder votos, popularidad, afloja los intestinos de nuestros gobernantes, incapaces de decidirse por una política rigurosa apoyando, pero de verdad, a la familia que, a fin de cuentas, componen el tejido celular de la sociedad en que vivimos.
Tenemos que convencernos de que, por mucho que escondamos la cabeza, el peligro está ahí, a la puerta de tu casa.
Y sólo lo podremos arreglar si, todos, asumimos la responsabilidad que nos corresponde
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