Criterios

Arencibia


29/feb/04 22:03 PM
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EN LAS PALMAS, a edad muy avanzada, ha muerto Francisco Martín Arencibia. Los viejos y buenos aficionados al fútbol lo recordarán. No pueden olvidar que, por su calvicie precoz, fue señalado, en la exageración del lenguaje futbolístico, como el divino calvo. Su delgado y recortado bigote, al mejor estilo de un actor americano, orillaba su labio superior en un gesto de singular simpatía. Su original manera de llevar el pañuelo, colgando en su mitad, sujeto a la cintura. Y su elegante manejo del balón con los pies y con la cabeza y su gran visión del juego lo hizo famoso. Su puesto fue de interior derecho. Jugó en la selección española contra Alemania.

En el verano de 1936, mientras los españoles se separaban, en el estanco de mi padre, una peña de amigos, que se denominaba Los Benimerines, también se disgregaba. Unos fueron voluntarios a la Guerra, otros fueron encarcelados y unos pocos se vieron libres del conflicto. Entre ellos, estaban los hermanos Arencibia, Manuel, que era abogado, y su hermano Francisco, que había nacido en Cuba. Entonces, era jugador del Atlético de Madrid, y por las vacaciones de verano estaba en Tenerife.

Yo comenzaba a conocer a la gente y conocer algo de aquel mundo revuelto. Y el futbolista Arencibia, que era un hombre serio y bueno, quiso introducirme en los deportes. Cariñosamente, cogido de la mano, me llevaba a los partidos que se celebraban en el viejo campo del Hespérides, en la plaza del Cristo, al que se entraba por una gran puerta. A la izquierda había un campo de tenis, más adelante improvisaron una cancha para baloncesto y al fondo a la derecha estaba el campo de fútbol. Tenía una grada de madera de bastantes escalones en el lado norte, arropada por altos y gruesos eucaliptos. Unos cuantos escalones de cemento en uno de los laterales, además de unos palcos de madera en el otro. La galería de palcos estaba en alto y en lo bajo había un largo pasillo, siempre enlodado. Cuando Arencibia jugaba, yo le llevaba las botas de fútbol y, por esto, entraba gratis.

De aquel campo recuerdo los insultos cruzados entre el Curita y el público, los arbitrajes desastrosos de un chicharrero, empleado de banca, que tenía novia en La Laguna, y de otro al que insultaban con algo más grosero que sucia la camisa. Arencibia era el mejor. Su juego era elegante. No daba patadas a los contrarios. Era un caballero total. Un deseo mimético se apoderaba de mi recién estrenada voluntad. Me conformé con admirarlo. Terminó la Guerra de España. Y al estanco de mi padre llegó un telegrama del Ejército del Aire. En el texto estaba escrito un ruego a Arencibia para que se incorporara al Atlético de Aviación, resultado de la fusión del Atlético de Madrid y el Aviación.

La noche que leyó el telegrama estaba confundido. Por fin decidió viajar a Madrid. Y con un equipo en el que estaban algunos canarios fue campeón de Liga. Tavales, Mesa, Aparicio, Gabilondo, Germán, Machín, Enrique, Arencibia, Elícegui, Campos y Vázquez formaban el equipo titular, que entrenaba Ricardo Zamora. Aquella temporada recibí una foto de Arencibia con una cariñosa dedicatoria. Y desde entonces, para bien y para mal, mis preferencias futbolísticas están en el Atlético de Madrid, Arencibia se mantuvo unas temporadas en el Atlético, luego jugó en Granada y, más tarde, volvió a las islas, alternando entre Las Palmas y Tenerife. Retirado del fútbol, en un cargo de aviación, vivió sus últimos años en Las Palmas.

Ya no estaba Arencibia, pero su influencia dejó en mí la afición por el fútbol. Los equipos de cada barrio de Santa Cruz y el Hespérides de La Laguna se reorganizaron. En el primer campeonato provincial destacaron jugadores como Antonio Fuentes, Roig, Mundo, Sabina y otros que pronto se enrolaron en equipos peninsulares. Sin duda, Antonio Fuentes y Arencibia fueron los más técnicos, aunque aseguran que Semán era mejor. Dos temporadas después de la Guerra, el Atlético de Aviación vino a Tenerife. Fui a verlo, aunque mi pie derecho estaba hinchado y dolorido por una patada que por error le había dado a una piedra. Fue una exhibición de Arencibia, Germán y Campos.

Pasaron los años, el Atlético de Aviación volvió a su origen, Atlético de Madrid. Temporadas buenas y temporadas horrorosas. Presidentes locos y otros poco cuerdos. Equipos magníficos o calamitosos. Y por culpa de aquel calvo, con el pañuelo colgando del pantalón, de sus pases medidos y de sus cabezazos imparables, este pobre mortal se somete semanalmente a la dura prueba emocional del club pupas, como lo llaman los aficionados atléticos. Es verdad que me ha dado alguna satisfacción, pero son las menos.

Amigo Arencibia, no te culpo de mi afición por el Atlético, te lo agradezco. Creo que es mejor perder que ganar. Si un día se gana vale por todas las pérdidas. No sé si ahí, donde descansas, se juega al fútbol. Si hay, supongo que serás titular indiscutible, eras de los mejores. Y si no hay fútbol, también estarás en la mejor de las glorias, porque simplemente fuiste un hombre bueno. Ante la muerte supiste, como buen atlético, perder, y perder en el último momento, en la prórroga, a los 93 años. Y en el cambio a la otra vida, perder es ganar.