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Otra vez la crisis platanera


21/feb/04 22:02
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OTRA VEZ TENEMOS crisis platanera y, en esta ocasión, antes del verano, que es cuando ha hecho su aparición otros años. Dicen que los precios vuelven a estar bajo mínimos y que los plataneros vuelven a conformarse con lo que les da mamá Unión Europea por kilo de fruta exportada porque lo que les pagan los importadores no les da ni para los fletes. Un año entero ha habido para tratar de reorganizar el sector y, por lo que se ve, se ha desaprovechado. Estamos, quizás, peor que nunca, según quienes conocen a fondo este renglón de la economía canaria, que fue fundamental en otros tiempos, como mi admirado Wladimiro Rodríguez Brito, consejero de Medio Ambiente del Cabildo Insular y, en los tiempos en que tuvo que trabajar para pagarse su carrera universitaria, hasta obrero de la platanera. Wladimiro, quien, por su cargo, nada tiene que ver con ese negocio, que no es negocio, se afana, el hombre, en tratar de conseguir que las empresas bananeras -y no hay nada peyorativo en la denominación aunque lo merece- se organicen como Dios manda y traten de poner orden y marcar las directrices que deben cumplir todos los componentes del sector. Esto, que es fácil de exponer, es dificilísimo de cumplir porque, en estas islas, hay demasiados reinos de Taifas al frente de los cuales suele haber reyezuelos que barren para su patio sin importarles cómo quede el patio contiguo.

Los pretextos son un consuelo de tontos. Las crisis veraniegas, que fueron las primeras en aparecer, se produjeron -dicen- por la competencia de la fruta de estación. En la Península, nuestro principal y único destino, abundan, en verano, las naranjas, las manzanas, los albaricoques, los duraznos, las peras y todo lo mucho, bueno y barato que sale de las huertas murciana, alicantina, valenciana y de por ahí. Y la gente deja de consumir plátanos, que cuestan más caros. Pero, aquí mismo, en el terruño, cuando lo lógico es que quede para nosotros lo que se malbarata o lo que no se exporta, los desdichados consumidores tenemos que hacer lo mismo, porque nuestros plátanos, los que se dan aquí en todos sitios, tienen que dedicarse en gran cantidad, por falta de demanda, a alimentar a los animales no racionales, porque los racionales no los podemos comprar debido a los altos precios. Pero esto no ocurre solamente en tiempo estival. Ahora mismo, cuando los exportadores se quejan de una caída brutal en los precios, nosotros, si queremos llevarnos a la boca un platanito de nada, tenemos que pagarlos, en los hipermecados, a cerca de doscientas pesetas el kilo. Y, repito por enésima vez, que a este pueblo lo han convertido los plataneros en el paganini de lo que, por pura ineptitud y por desorganización, dejan de vender los plataneros en los mercados exteriores. Se me ocurre si será oportuno pedir a la UE que aplique un REA excepcional a nuestros plátanos, a ver si nos salen más baratitos. ¿Y qué me dicen de los pobres turistas, que llegan a nuestras islas con ganas de hincharse de bananas y aquí se las ponen más caras que en sus países de origen?

En este ladrillo, con datos de sobra para sacar a la luz muchos trapos más o menos sucios que hablan de furciadas mutuas entre plataneros, cortes de manga de los productores a las entidades que dicen que los rigen y otros manejos de este negocio que va de proa al marisco, sólo he insistido en los abusos que los plataneros están cometiendo con los naturales y los residentes en estas islas, a las que un tal Plinio se le ocurrió una vez, de coña, llamarlas Afortunadas.

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