ACOSTUMBRADO a que mi sobrino Lolo venga siempre a casa acompañado de su inseparable Miki, me sorprende ver a éste entrar solo, aunque tan decidido como siempre. Seguro que viene a presentarme un problema de ésos que surgen en clase y que a él lo dejan descontento:
- ¿Sabe una cosa? Hemos repasado hoy los aumentativos y diminutivos...
-... que son las cosas más sencillas que hay en el mundo, ¿no?
-Depende de cómo vea usted las cosas. Porque hay detalles que no llego a entender.
-Dime uno.
-Por ejemplo: ¿por qué las palabras nube, cuchara, muralla y pizarra, que son femeninas, hacen su aumentativo como masculinas: nubarrón, cucharón, murallón y pizarrón?
-Son pequeñeces, Miki, son pequeñeces.
-Tampoco me parece bien que las crías de algunos animales, en lugar de señalarse como diminutivos -pollito, gatito, golondrinita...- se conozcan con palabras que parecen aumentativos, como pichón, lechón, jabato, cachorro,... Y no me diga nada de esos diminutivos que emplean algunas mamás (El niño no come nadita. Se me orinó todito). ¿Usted cree que son serios? ¿Y qué opina de que la cría de una ballena se llame "ballenato", que parece designar una ballena como la copa de un pino?
Menos mal que Miki no me habla de algunos diminutivos que parecen despectivos, como las palabras que se refieren a las crías de la cigüeña, la rana, la víbora y la cabra, que se llaman cigoñino, renacuajo, viborezno y chivato. Lo mismo ocurre con la lechuga tierna, el cogollo quiero decir, que se llama lechuguino, y más parece un insulto que una terneza. Y pienso también que si la yegua pudiera hablar, seguro que se quejaría de que su cría, tan bonita, tan graciosa, con una sedosa pelambrera, la llamen con ese horrible sustantivo de potranca. No hay palabra más fea en el idioma.
Pero lo más llamativo en esto de los aumentativos y diminutivos que se estudian en la escuela -y fuera de la escuela, claro- nos lo cuenta Lázaro Carreter en su libro "El nuevo dardo de la palabra".
En la página 103 hemos leído este regocijante comentario:
"Hace medio siglo, el comediógrafo de moda era Adolfo Torrado: pocos lo recordamos ya, pero en una obra sacaba a un académico, docto y facundo, que se proponía introducir lógica en el diccionario. ¿Por qué, se preguntaba, el bombín es cosa de mayor tamaño que el bombón?; hay que permutar ambos nombres. La misma falta de racionalidad afecta, según él, a polvorín y polvorón; a botín y botón... Dejaba sin pareja a cojín, por la censura tal vez, pero quizá, por fanfarronería".
Como es lógico, no quise que Miki conociera esta anécdota. No por lo de cojín y su pareja que, a estas alturas, tendrá superado, sino por no complicarle más su tenebrosa idea de los aumentativos y diminutivos.
Y es que el amigo de mi sobrino Lolo se va encontrando cada día en las clases de Lengua Española nuevos problemas que no sabe cómo sortear, cómo esquivar. O mejor aún, cómo driblar, por decirlo con un inevitable símil futbolístico. Resulta muy difícil escribir sobre cualquier tema sin poder esquivar, sin poder sortear y, sobre todo, sin poder driblar la ocasión de citar este deporte, que, queriendo o sin querer, ha terminado por incrustársenos tan adentro que nos lo encontramos, como suele decirse, hasta en la sopa.
De todos modos, creo que a la hora de explicar a Miki esto de los aumentativos y diminutivos me he pasado un pelín, palabra que imagino será diminutivo de pelo.
Tengo la esperanza de que Miki sepa perdonar mis anticuados puntos de vista.
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