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¿Y el mataculebra?


26/ene/04 02:25
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S. LOJENDIO, S/C de Tenerife

En la colección "Biblioteca Canaria", obra de Leoncio Rodríguez, hay un trabajo de Marcos Pérez sobre el Carnaval de antaño en Santa Cruz, que relata la ceremonia ñáñiga a cargo del negro Benito, que se dedicaba a barrer las calles y mataba a la culebra.

Las cabezas pensantes y sesudas que se encargan de programar y dirigir el calendario de actos del Carnaval de Santa Cruz no parece que hayan estado muy atentas a ese libro abierto a la enseñanza que es la historia popular. Y eso, a pesar de que bajo el manto del homenaje a Celia Cruz pretenden difundir, o eso es lo que promocionan públicamente, la cultura y el ambiente en el que se crió, vivió y creció la popular artista cubana, a la que se reconoce como la reina de la salsa.

Pues bien, en lo más hondo del baúl de los recuerdos se han olvidado una manifestación carnavalera, de origen afro-cubano, que también cuenta con una gran tradición en las Islas: el mataculebra.

Este rito, que integra dramatización, danza y canto, era característico de las comparsas ñáñigas, una especie de agrupaciones que estaban investidas de un cierto carácter secreto y que se iniciaron en 1883, como sociedades de socorros mutuos.

La primera referencia escrita sobre este rito en el Carnaval canario aparece en un trabajo de Marcos Pérez, titulado "El Carnaval de antaño en Santa Cruz", pequeño volumen contenido en la colección "Biblioteca Canaria", impulsada por el periodista y escritor Leoncio Rodríguez.

En este estudio se reproduce la ceremonia ñáñiga a cargo de un negro llamado Benito, "hombre de buena conducta, aunque de baja estofa", dice el autor, que se dedicaba a barrer las calles y que en tiempos de Carnaval tenía la costumbre de matar a la culebra.

Tal y como explica Marcos Pérez, "la culebra consistía en una mala imitación del reptil, hecho con tela negra y con dos cuentas del mismo color imitando los ojos; no le faltaba nada más que el veneno para hablar".

Del negro Benito comentaba que "ponía en el centro de la calle la culebra. ¡Lagarto! ¡Lagarto sea! Y los chicos se encargaban de hacer el corro enseguida. Benito se ayudaba con un palo, más corto que un bastón, con el que, en sus graciosos recitados y cantos, movía la culebra, dándole vueltas a su alrededor, fingiendo miedo y diciendo entre otros recitados: ¡Mírale esos ojos, mírales esos dientes. María Santísima, dame való, San Antonio bendito, dame fuesas!"

Marcos Pérez continúa su relato diciendo cómo "después de muchos rodeos y circunloquios mataba la culebra, dándole un palo en la cabeza. Después salía, calle adelante, con toda la chusma, y con Benito a la cabeza, mostrándole al público la culebra muerta".

Era en ese momento, subraya el autor, cuando el negro cantaba "la culebra se murió", y el coro decía "jo, jo, jo, jo".

La tradición del mataculebra también aparece recogida en un artículo publicado en "La Tarde" el 26 de febrero de 1982, obra de Francisco Pimentel, donde se puede leer: "Y una cosa que no hemos visto en estos Carnavales, aquella cofradía como de negros ñáñigos, o qué sé yo, que daban un aire antillano, de puro Caribe, a las Carnestolendas. Aquel que mataba a la culebra entre exorcismos y abracadabrantes frases. Aquí, en Santa Cruz, en mis primeras evocaciones carnavalescas, hecho ya un sueño de infancia, está aquel mata la culebra, Benito, y el estribillo calabasó, só, só, la culebra ya se murió. Los negros, en unos rituales de sacrificio, con sus machetes y sus ritos de extraña danza. Esto debe ser algo con reminiscencias del candombé, toda una magia africana que hacía su aparición aquí, en las jornadas alegres del Carnaval".

Otros autores, también recogen el rito del mataculebra en el Puerto de la Cruz. En este sentido se hace referencia a que durante mucho tiempo salían a la calle en tiempos de Carnaval "Los negritos" y que cantaban estrofas como ésta:

Somos los negritos

choricitos chacandela

y venimos preparados

para matar a la culebra.

Aquellos negritos vestían con sacos de azúcar y se tiznaban la cara y las manos con carbón, y los de ahora se cubren con taparrabos, haciendo sonar tambores y latas vacías colgadas a la cintura.

La mayoría son pescadores, que después de cantar se colocan en círculo y montan el número con una culebra hecha con plomos (chumbos) pintados de verde.

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