ESTOS DÍAS, asistimos en Arico y en otros puntos de las islas, a las conocidas polémicas sobre el impacto que genera en las viviendas la proximidad de granjas ganaderas. De todos es conocido que hasta hace pocos años convivíamos, sin mayores problemas, con la actividad ganadera extensiva en nuestro medio rural.
En la actualidad la urbanización de nuestro territorio ha desbordado cualquier previsión y ha terminado alcanzando el hábitat de nuestros campos, afectando negativamente a la actividad ganadera. A pesar de ello, no dejamos de caer en una profunda contradicción: mientras demandamos productos lácteos frescos y con menor química, preferimos que las granjas continúen en Holanda o Dinamarca, en cualquier lugar menos en las cercanías de nuestros hogares. Hemos perdido la pituitaria de nuestros padres y abuelos. Nuestro olfato se irrita con suma facilidad ante la proximidad de un establecimiento ganadero, sin embargo han sido nuestras casas las que han ido colmatando los territorios rurales paulatinamente, hasta cercar las granjas de animales, y no al contrario.
En nuestro territorio, los ganaderos intentan mantener contra viento y marea una actividad agraria que se ve obstaculizada no sólo por las dificultades olfativas sino también por la escasez de espacio y, sobre todo, por la competencia que supone la importación masiva de productos ganaderos a precios "dumping" (a precios inferiores al costo en sus lugares de origen), por la subvención. Hay que pensar que un kilo de carne puede recibir hasta 200 pesetas de subvención. Por otro lado, Canarias es la comunidad autónoma española que ?anualmente? consume mayor cantidad de productos lácteos por habitante, alrededor de 300 litros, en leche, yogures, quesos, etc., de los que apenas el 10 por ciento es producción local. Asimismo, existe un problema añadido de residuos puesto que, sólo en tetrabric, importamos 113 millones de envases, que van a parar a nuestros vertederos. Literalmente, una montaña de basura que debe ser tratada y reciclada puntualmente.
A pesar de todos estos problemas no es menos cierto que la ganadería canaria no se resigna a desaparecer bajo el peso de las multinacionales del ramo, generando por sí sola más recursos económicos que subsectores como el plátano o el tomate. Es capaz de cubrir un porcentaje significativo y creciente en huevos, carne de cerdo, aves y queso. Este es un esfuerzo importante, no suficientemente valorado y comprendido por nuestra sociedad, que quiere productos lácteos frescos ?de nuestra tierra? en los supermercados pero sin molestias de ningún tipo. Y esto no siempre es posible.
Además, este sector está ayudándonos en labores de protección medioambiental, demandando pastos y pinocha para los animales que reducen notablemente el riesgo de incendio en los veranos, a la que proporciona materia orgánica para la agricultura. Ante todo, nos garantiza una cobertura alimenticia básica en coyunturas de crisis internacionales, evitando depender en exceso de las multinacionales. La crisis de Parmalat, una multinacional italiana presente en los cinco continentes, que compromete y pone en peligro más de 36.000 puestos de trabajo, escenifica bien a las claras los riesgos de esta dependencia externa.
Por todo ello, debemos realizar todos un esfuerzo suplementario en potenciar este sector y garantizar no sólo su supervivencia sino auspiciar su crecimiento en las estanterías de los hipermercados a través de la demanda individual y colectiva de alimentos frescos y de calidad. Además, hay que racionalizar la convivencia entre ganadería y viviendas por necesidad y, también, por interés social. Es cierto que el espacio cada vez es más escaso, precioso y limitado en el archipiélago, por lo que hay que aceptar que las granjas continúen produciendo en el medio rural. Es paradójico lo bien que toleramos la contaminación urbana, que sí afecta negativamente nuestra salud, y lo mal que lo hacemos con los olores del agro.
Todo lo apuntado no exime a las empresas locales ganaderas de cumplir con rigor todos los preceptos legales y sanitarios que marca nuestra legislación y, donde sea necesario, hacer las mejoras en las instalaciones que sean pertinentes. El cumplimiento de este requisito supone la mejor baza para garantizar el apoyo de la población del entorno. En los lugares en que prime la dejadez y la falta de interés en mejorar se estará dando razones de peso a los que piden su marginación y traslado. Se trata de un esfuerzo común, solidario, en el que todos debemos implicarnos, por nuestro propio interés.
La ganadería mueve al año en Canarias más de 30.000 millones de las antiguas pesetas pero lo mejor es que aún tiene un margen de crecimiento sumamente elevado, tanto en recursos como en puestos de trabajo. Además, con ello reduciríamos nuestra crónica dependencia del exterior, a la vez que generamos mayor cantidad de productos frescos y de calidad para nuestro consumo. Todo es positivo, por lo que debemos apoyarla consumiendo y demandando este tipo de alimentos.
* Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular
de Tenerife
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD