Propondré a mi amigo Don Vítor, desde que tenga la posibilidad de compartir un McPollo con él -porque las cosas están chungas para meternos en la ruta de la guías Michelín o Gourmetour-, que invite al Santo Job, o algún sobrinito suyo, a hacer el saque de honor en cualesquiera de los estelares megaespectáculos del Heliodoro. Lo haré definitivamente, porque el Santo Job -el inmaculado de la paciencia, incluso antes de Jesucristo- es el patrón indiscutible del tinerfeñismo; paradigma de aguante, calma, mansedumbre, estoicismo y perseverancia.
Sólo faltaba que, en plena cascada de dimisiones y ante un mogollón de hombres al borde de un ataque de nervios (sin Carmen Maura ni Antonio Banderas y a la espera de la renuncia del terrorista chíita del argumento de Almodóvar), colocáramos el micrófono en la órbita sonora del sustituto, Adolfo Baines -muy buen y muy ocurrente muchacho- para oír, en fin, que dice el portero nuevo, textualmente, que "estoy temblando y espero no se me haya olvidado jugar al fútbol". Por tanto, pidan conmigo: "Señor mío, Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser tú quienes y porque te amo sobre todas las cosas, apriétame, pero, por favor no me ahogues".
Mi opinión es que el portero -que participa, legítimamente, de la hipersensibilidad de esta circunstancia apocalíptica- está pidiendo por señas la intervención, quirúrgica y mental, de la medicina tradicional. Por tanto, tarda Eduardo Chinea Chichi, consejero de Asuntos Parasicológicos, en hacer la pertinente gestión -digestión o ingestión- para contratar, preferentemente antes de las cinco y media de esta tarde, y al objeto de evitar que el muchacho dé del cuerpo en alguna esquinita del estadio almeriense, el servicio de una curandera, quien le puede ajustar el pomo en un plis-plas, o, si la cosa se agrava, el auxilio de una santiguadora.
La medicina popular es muy sabia y espero que el aparente giro copernicano del Consejo, al respecto de la revisión de los principios filosóficos del proyecto o proyectil, no afecte también a los brujos de la cantera. Traigan a Moré, que es un entrenador muy alegre y carnavalero -de la festiva y optimista "Escuela Vicente del Bosque"-, pero, por favor, sean leales a los zahoríes isleños. Los guanches invocaron los espíritus, para producir curaciones, y, sin llegar Frankestein -o algún yuppy parecido-, en una milésima de segundo esto es, los nuestros ya estaban sanos y prestos para meter las pertinentes pardeleras, burras, agachadillas y cogidas de machangos; que eso era el Atrasado Fernández de Lugo, quien se las vio y deseó, en la frontal del área, para superar la destreza del Mencey Bencomo, siempre firme en el marco.
Adolfo Baines, buen muchacho, y muy ingenioso adolescente también, dijo -en la misma comparecencia- que "sólo puede jugar un portero", al respecto de lo cual, y en supuesto de diarrea del titular, no sé que solución ofrece el reglamento, sobre todo teniendo en cuenta que -alegando los antecedentes de los tiempos del homo sapiens- el Tenerife jugó dos temporadas sin portero; concesión hospitalaria sin semejanza en la historia del fútbol ibérico.
El señor Mono era intrépido y temerario, como recordarán en algunas pesadillas, y Baines es un perfecto tímido y pusilánime, por lo que le oímos. También tenemos corrientes en la portería, porque el Tenerife es un parlamento en si mismo, y ya digo, si Chichi no lo remedia, esta tarde nos puede dar un airón irreparable. Aojalá y el chico se calme, entre otras cosas para evitar una deposición colectiva.
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