EL GOLPE DE EFECTO que ha llevado a cabo el Príncipe con la colaboración inestimable de su nuevo equipo que conforma su Secretaría, ha sido toda una demostración de venganza y, a la vez, un desafío y un reto del que, al parecer, ha salido triunfador. Esta vez, y después de numerosos intentos fallidos de mantener relaciones con otras candidatas a su corona y a su corazón, y, teniendo en cuenta que en gran medida ?independientemente de su mayor o menor acierto en sus elecciones?, los medios de comunicación en general, y los que se dedican al marujeo en particular, han expuesto, en tribuna pública, y, a través de un acoso continuado y tenaz, dichas relaciones, esta vez, repito, no ha habido tiempo material ni, aún menos, oportunidad, para dicha posibilidad enjuiciadora. Ha sido visto y no visto: de la nada ha surgido ?como por otra parte es tradicional en la Casa Real española? el compromiso oficial y el anuncio de la posterior e inminente boda principesca. Ya no existe la posibilidad, por remota que fuera, para dar marcha atrás; y, para que todo quedara atado y bien atado, para más inri, en una jugada maestra, escoge, ¡oh casualidad!, a un miembro de la profesión periodística como futura esposa. "Vamos a ver ahora, se habrá dicho el Príncipe, quién es el guapo que tira piedras sobre su propio tejado".
Y, efectivamente, la jugada es para quitarse el sombrero: ¡chapó! De pronto, ha surgido el corporativismo más sectario y vergonzoso que se recuerda desde hace mucho tiempo. Nadie ?yo al menos no lo he encontrado? ha osado llevarle la contraria al Príncipe. Todos han sido parabienes y, es más, se está intentando, desde la propia Secretaría del Príncipe, hacernos comulgar a todos los españoles con ruedas de molino utilizando, para ello ?quién lo iba a decir hará sólo unos meses?, a su peor aliado: la prensa. El hecho de que el Príncipe busque su coartada y, por tanto, la justificación de su elección en la Constitución Española ?no olvidemos que Doña Letizia, con z, será no sólo su esposa, sino la Princesa de Asturias, para, posteriormente, ser la futura reina de España y, llegado el caso, Dios no lo quiera, la Regente y, por consiguiente el Jefe del Estado?, plantea de forma innecesaria un vínculo que durante más de 1.000 años de historia de la monarquía, prácticamente, no ha existido de forma directa y consciente; ya que la monarquía siempre ha coexistido con todas las constituciones permaneciendo, precisamente, al margen y por encima de los avatares políticos, pero manteniendo vigente, por lo menos hasta ahora, sus propias leyes y normas internas. Si lo que pretende el Príncipe es justificar, con la acción de su futuro compromiso, que ha roto deliberadamente con la dinastía histórica y que, por consiguiente, ha confirmado con su elección, la instauración monárquica llevada a cabo por Franco, sin duda, que lo ha conseguido. Por cierto, que me niego a que por el hecho de que Doña Letizia sea una mujer agnóstica y divorciada ?tal vez olvidando el Príncipe de que uno de los títulos inherente a la Corona es el de Majestad Católica?, tengamos el resto de los españoles que verlo como algo "normal", en el sentido de que se insinúa que dicha normalidad estriba en que en casi todos los españoles somos así, creo que eso es pasarse.
La Familia Real es, por principio, la primera familia del país y, por consiguiente, debe ser un referente para toda la sociedad. Es un peligro para la propia monarquía aparentar lo que no se es y nunca han sido. Ellos no son una familia más; porque puestos a jugar a ser modernos y democráticos, quitemos los privilegios, las reverencias, los títulos, los honores, el protocolo, el vivir del presupuesto..., corriendo el riesgo de vulgarizar, cuando no republicanizar la monarquía ?por cierto que los republicanos están eufóricos con esta boda, por algo será?, y hacer ver a la sociedad que, ellos, el pueblo, también pueden ser como el Príncipe y viceversa, y, créanme; eso no es verdad.
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