Jornada Deportiva
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LA CRÓNICA

La derrota que más duele

Arnal se aprovechó de una mala cesión de cabeza de Andrade a Julio Iglesias y rompió un partido que estaba para el Tenerife, superior en todos los terrenos en la primera parte, aunque otra vez sin pegada.
17/nov/03 12:40
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LUIS BRETÓN, Elche

Elche respira ambiente de Primera dentro y fuera del campo. Aquí hay dinero, se vive la noche y se apuesta con aires de lujo. Eso, trasladado al fútbol, se traduce en espectáculo, la esencia del deporte que olvidan los mediocres.

Esa expectativa previa, cargada en el chip de las suposiciones, no tuvo un reflejo exacto en el juego, que se desvió hacia la vertiente seria que el Tenerife ofrece fuera de casa: buena colocación, rigor defensivo y amenaza de contraataque, sin gran pegada, frente a un adversario capaz de llegar con peligro en base a técnica y buenas combinaciones, orientadas siempre hacia su delantero Moisés.

En los primeros veinte minutos, cargados de respetos y miradas, el Tenerife sólo se acercó una vez, con un tímido disparo de Posse, mientras su oponente enseñó los dientes con un cabezazo de Moisés. Poca cosa para tanto estadio.

En esa lucha bajo el agua, duelo de presiones en el centro del terreno, lo mejor lo puso Posse con una "chilena" espectacular que Dani Mallo, portero del Elche, miró como diciendo: ¿Y qué hago yo si eso va por dentro? Pero salió por fuera, Dani.

Esa primera media hora mostró el equilibrio de dos equipos igualados a puntos y respetuosos por decreto, no necesariamente reñidos con un afán común de victoria. Desde la banda derecha, con Tortolero enlazando con Acuña, el Elche se estiró con peligro e hizo trabajar duro a Corona y Álvaro, sufridor permanente en las salidas. En la otra dirección, Martín Posse asustó a todo aquel que vistiera de verde y blanco. Su sensación de jugador desequilibrante enriqueció la suposición de un Tenerife conservador a priori, pero ambicioso con cada vuelta del reloj. Y si no, que le pregunten a Aarón, que a los treinta y cinco minutos pudo marcar el primero, o a Posse, quien la buscó continuamente con el apoyo de Jonathan. Incluso pareció verse una mano en el área local que pudo ser penalty. Que lo analicen viendo la "repe".

El primer período concluyó con la sensación de un Tenerife poderoso ante un Elche superado en todo: presión, llegada, intenciones y belleza en el juego. Un Tenerife más rico en todos los conceptos aunque, por buscarle un pero, sin ese puñetazo capaz de noquear al otro. Por cierto, el internacional sub 20, llamado Vitolo, se inyectó autoconfianza para rebosar calidad.

Todos quedaron más o menos contentos y quizá por eso empezaron el segundo tiempo sin cambios, como a ver qué pasa. Y en sólo treinta segundos, Posse y Jonathan fabricaron la primera intención salpicada con la salsa del desacierto. Lo mismo.

Pero lo peor no tardó en llegar. Una jugada sin aparente peligro gestó el veneno del gol. Un fallo increíble de Andrade colocó al Elche, al mal Elche, por delante. El error que nunca debe producirse. Los locales despertaron abriendo con risa el regalo: "Ja, 1-0".

David Amaral pareció reaccionar con rabia. Quitó a tres, metió a otros y recompuso para buscar el empate. Con Antonio en el sitio de Andrade y Cristo en el de Aarón, colocó a Jonathan y Jesús por detrás de Posse y Kiko. Un equipo ofensivo y ofendido por aquel gol ridículo. Y el reloj, con la manecilla invertida. La historia me suena.

El último cuarto del partido transcurrió entre la desesperación del Tenerife por llegar y la espera con trampa del Elche, crecido desde la pobreza, no precisamente económica, con la que jugó la primera parte.

No por mucho adornarse con jugadores técnicos, el Tenerife fue capaz de manejar la posesión en el tramo final, sufriendo para sacar el balón desde el centro y agobiado por la presión ilicitana. El gol de Arnal pareció pesar en la conciencia colectiva del equipo, que en cualquier caso lo intentó hasta el final apelando al espíritu de Algeciras, donde Kiko empató cuatro minutos por encima del tiempo.

Producía impotencia sólo pensar lo de cara que estuvo el partido antes del error de Andrade y lo imposible que resultaba en el arreón final crear aunque sea una ocasión medianamente clara. Vamos, como la que pudo tener Posse si no lo agarran en el segundo palo, cuando se disponía a rematar. El árbitro se hizo el loco y el Tenerife se ahogó en su frustración colectiva.

Pero Algeciras y Elche están muy lejos y el gol llegó, pero en la otra puerta. Duele perder así.

Elche respira ambiente de Primera dentro y fuera del campo. Aquí hay dinero, se vive la noche y se apuesta con aires de lujo. Eso, trasladado al fútbol, se traduce en espectáculo, la esencia del deporte que olvidan los mediocres.

Esa expectativa previa, cargada en el chip de las suposiciones, no tuvo un reflejo exacto en el juego, que se desvió hacia la vertiente seria que el Tenerife ofrece fuera de casa: buena colocación, rigor defensivo y amenaza de contraataque, sin gran pegada, frente a un adversario capaz de llegar con peligro en base a técnica y buenas combinaciones, orientadas siempre hacia su delantero Moisés.

En los primeros veinte minutos, cargados de respetos y miradas, el Tenerife sólo se acercó una vez, con un tímido disparo de Posse, mientras su oponente enseñó los dientes con un cabezazo de Moisés. Poca cosa para tanto estadio.

En esa lucha bajo el agua, duelo de presiones en el centro del terreno, lo mejor lo puso Posse con una "chilena" espectacular que Dani Mallo, portero del Elche, miró como diciendo: ¿Y qué hago yo si eso va por dentro? Pero salió por fuera, Dani.

Esa primera media hora mostró el equilibrio de dos equipos igualados a puntos y respetuosos por decreto, no necesariamente reñidos con un afán común de victoria. Desde la banda derecha, con Tortolero enlazando con Acuña, el Elche se estiró con peligro e hizo trabajar duro a Corona y Álvaro, sufridor permanente en las salidas. En la otra dirección, Martín Posse asustó a todo aquel que vistiera de verde y blanco. Su sensación de jugador desequilibrante enriqueció la suposición de un Tenerife conservador a priori, pero ambicioso con cada vuelta del reloj. Y si no, que le pregunten a Aarón, que a los treinta y cinco minutos pudo marcar el primero, o a Posse, quien la buscó continuamente con el apoyo de Jonathan. Incluso pareció verse una mano en el área local que pudo ser penalty. Que lo analicen viendo la "repe".

El primer período concluyó con la sensación de un Tenerife poderoso ante un Elche superado en todo: presión, llegada, intenciones y belleza en el juego. Un Tenerife más rico en todos los conceptos aunque, por buscarle un pero, sin ese puñetazo capaz de noquear al otro. Por cierto, el internacional sub 20, llamado Vitolo, se inyectó autoconfianza para rebosar calidad.

Todos quedaron más o menos contentos y quizá por eso empezaron el segundo tiempo sin cambios, como a ver qué pasa. Y en sólo treinta segundos, Posse y Jonathan fabricaron la primera intención salpicada con la salsa del desacierto. Lo mismo.

Pero lo peor no tardó en llegar. Una jugada sin aparente peligro gestó el veneno del gol. Un fallo increíble de Andrade colocó al Elche, al mal Elche, por delante. El error que nunca debe producirse. Los locales despertaron abriendo con risa el regalo: "Ja, 1-0".

David Amaral pareció reaccionar con rabia. Quitó a tres, metió a otros y recompuso para buscar el empate. Con Antonio en el sitio de Andrade y Cristo en el de Aarón, colocó a Jonathan y Jesús por detrás de Posse y Kiko. Un equipo ofensivo y ofendido por aquel gol ridículo. Y el reloj, con la manecilla invertida. La historia me suena.

El último cuarto del partido transcurrió entre la desesperación del Tenerife por llegar y la espera con trampa del Elche, crecido desde la pobreza, no precisamente económica, con la que jugó la primera parte.

No por mucho adornarse con jugadores técnicos, el Tenerife fue capaz de manejar la posesión en el tramo final, sufriendo para sacar el balón desde el centro y agobiado por la presión ilicitana. El gol de Arnal pareció pesar en la conciencia colectiva del equipo, que en cualquier caso lo intentó hasta el final apelando al espíritu de Algeciras, donde Kiko empató cuatro minutos por encima del tiempo.

Producía impotencia sólo pensar lo de cara que estuvo el partido antes del error de Andrade y lo imposible que resultaba en el arreón final crear aunque sea una ocasión medianamente clara. Vamos, como la que pudo tener Posse si no lo agarran en el segundo palo, cuando se disponía a rematar. El árbitro se hizo el loco y el Tenerife se ahogó en su frustración colectiva.

Pero Algeciras y Elche están muy lejos y el gol llegó, pero en la otra puerta. Duele perder así.

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