Vivir

El padre Torres Padilla


5/oct/03 20:44 PM
Edición impresa

HACE UNOS MESES, el 4 de mayo, el Papa Juan Pablo II canonizaba en Madrid a sor Ángela de la Cruz, fundadora de las Hermanas de la Cruz.

Algo conocía yo de sor Ángela de la Cruz cuando fue canonizada. Pero, sabedor de que se había publicado un libro, de buen tamaño, con sus "Escritos íntimos", me propuse leerlos despacio en mi tiempo de vacaciones.

Y así fue. Entre mis lecturas de verano me pasé no pocas horas leyendo apasionadamente los "Escritos íntimos" de sor Ángela de la Cruz. Para respirar el perfume de los santos. Para ver ?con toda verdad? la distancia tan grande que me separa de ellos. Para aprender, sencillamente, del espíritu de sor Ángela de la Cruz ?en este caso? y, avergonzado de estar tan lejos en mi vida de su espíritu, sentirme sacudido y estimulado en algunas claves que siempre nos vienen bien.

Y he aquí que leyendo y leyendo en esta edición firmada por José María Javierre, me encontraba a cada paso con el que fue director espiritual de sor Ángela de la Cruz, don José Torres Padilla.

Algo sabía yo ya de D. José Torres Padilla, sacerdote gomero ?lo adelanto?. Pero este verano fueron no pocos los datos que me salieron al encuentro y me propuse dar a conocer de alguna manera su figura a mis diocesanos, aunque fuese en un sencillo y breve artículo. José Torres Padilla nació en La Gomera el año 1811. En San Sebastián, concretamente. Siendo todavía niño, se sintió llamado a ser sacerdote. He aquí cómo lo cuenta J.M. Javierre: "La madre preguntó a su hijo qué oficio le gustaría aprender, y el pequeño respondió: yo, el oficio de los que no se condenan".

Los padres se miraron en silencio. El chiquillo insistió: "Mamá, ¿los sacerdotes se condenan?".

?No, hijo mío. Los verdaderos sacerdotes son santos y no se condenan.

?Pues yo quiero ser sacerdote".

Sus padres, Francisco Torres y María Padilla murieron poco tiempo después el mismo día y dejaron cuatro hijos huérfanos, entre ellos José Torres Padilla, que no se olvidó de su vocación y que, con dieciséis años, aproximadamente, vino a Tenerife con el propósito de estudiar en la Universidad de La Laguna. Viviendo de limosna, pudo dedicarse al estudio y a la oración durante seis fecundos años en medio de los mil avatares que atravesaba entonces la Universidad de La Laguna y hacer incluso algunos otros estudios complementarios como muy bien recoge el Dr. D. Juan Pedro Rivero cuando escribe que quienes por entonces deseaban ser sacerdotes "no tenían más remedio que acudir al Seminario de Canarias, a la enseñanza doméstica o a las aulas de Filosofía, Teología y Cánones de la restablecida Universidad, completadas con el estudio de la Moral en los conventos".

El caso es que después de importantes estudios, nuestro José Torres Padilla, en el otoño de 1833, embarcó para Sevilla, adonde, sin embargo, no llegó, hasta 1834, después de pasar por Valencia. En Sevilla acabó sus estudios eclesiásticos y el 8 de marzo de 1836 cantó su primera misa.

No es posible seguir aquí, ni siquiera a este ritmo, la vida de José Torres Padilla. Cuando conoce a Angelita, una humilde y pobre "zapaterita", corría el año de 1862. El padre Torres Padilla tenía 51 años. Angelita Guerrero, 16.

Y entonces comenzó el misterio, siempre sorprendente, de un alma que se abre plenamente a la gracia del Espíritu Santo bajo la guía de un director espiritual, lleno también él del Espíritu Santo, que sabiamente ?con la sabiduría que viene de arriba? va a ir discerniendo los caminos de la zapaterita, quien los iría recorriendo con toda fidelidad hasta el momento mismo de nacer las Hermanas de la Cruz, como expresión segura de la voluntad de Dios, año de 1875. No mucho después, año de 1878, en Sevilla, moría el P. Torres Padilla, a quien llamaban en Sevilla el "santero" porque tenía fama de ayudar a ser santo, y llamaban también el padre "ojos bajos", por su costumbre de ir siempre con la vista baja. Tanto que, aunque nos parezca hoy raro, se cuenta que durante sus aproximadamente cuarenta años en Sevilla no llegó a ver, siquiera, la Torre del Oro.

No es momento de extenderme más hoy. Baste hacer notar que el P. Torres Padilla, nacido en La Gomera, tuvo mucho, muchísimo que ver con la santidad de sor Ángela de la Cruz y el nacimiento, por voluntad de Dios, de las Hermanas de la Cruz.

Estamos, sin duda, ante una humilde pero gran figura eclesiástica del siglo XIX. Estamos, a decir verdad, ante un santo, como puede entreverse por su oración, su mortificación, su humildad, su caridad, traducida, entre otras formas, en sus constantes limosnas o su sabia dirección espiritual de no pocos consagrados.

Estamos, creo, ante un santo, no canonizado todavía, pero cuyo proceso bien harían las Hermanas de la Cruz, y la Iglesia Diocesana de Sevilla, en cuyo seno nació y murió como presbítero, en iniciar, presidida como está ahora por el Sr. Cardenal, Mons. Amigo, de cuyo nombramiento cardenalicio tanto nos alegramos y a quien públicamente deseo lo mejor para bien de la Iglesia y de todos los hombres.

Una vez canonizada la fundadora de las Hermanas de la Cruz, no creo que sor Ángela de la Cruz se quede tranquila mucho tiempo sin ver con el mismo reconocimiento de la Iglesia a quien ella tanto debió y tanto estimó. No estaría mal... Y no sería pequeño ejemplo para todos los diocesanos, especialmente para nosotros, los sacerdotes. Para ver cómo se puede ser santo en cualquier circunstancia y ver cómo se hace bien a la Iglesia y a los hombres.

* Obispo de Tenerife