EFE, Bagdad
Los chiíes iraquíes volvieron ayer a hacer una demostración de capacidad organizativa en la peregrinación anual al santuario de Kadhimiya, que congregó a cientos de miles de personas en los últimos días.
Además, los servicios de seguridad de los propios grupos chiíes mostraban sin recato sus armas, en aparente desafío a las instrucciones de desarme procedentes de la Autoridad Provisional, dirigida por el estadounidense Paul Bremer.
El santuario donde está enterrado el Imam Kadhem es el tercer lugar más sagrado para los chiíes de Irak, tras los de Najaf y Kerbala, y cada año por estas fechas peregrinan para visitar la tumba del Imam, que murió por orden del califa Harun Al Rachid.
Chiíes llegados de todo el país se acercaron en los últimos días a besar la tumba del santo, y éste es el primer año en que pueden hacerlo en completa libertad, ya que durante el régimen de Sadam Husein estas peregrinaciones estaban severamente restringidas.
Hombres armados pero sin hacer ostentación vigilaban los accesos al santuario desde todas las direcciones; el tráfico había sido desviado en un radio de dos kilómetros y al menos veinte cordones de seguridad se encargaban de cachear a los visitantes y registrar minuciosamente sus bolsas.
En el ánimo de todos pesaba el recuerdo del 29 de agosto, cuando otro santuario chií, el del Imam Ali en Najaf, fue escenario de un brutal atentado que dejó entre ochenta y cien muertos, entre ellos el máximo dirigente político chií, el ayatolá Mohamed Baqr al Hakim.
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