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Pizzería Da?Pablito


15/sep/03 21:40
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Con la cara de líder y recién peinado, más la ducha dominical y la civilizada resaca de mi avanzada cuarentena, pero sin bastón y con una macana normal, fui a restaurarme en el mediodía de ayer a la "Pizzería Da Carmelo", donde tantísimas generaciones de tinerfeñistas -rufianes y ennoblecidos, que de todo hubo en la viña de Carmelo- se pusieron morados de pasta; valga la rebundancia. Cuando alcanzaba la fachada del lugar, pausadamente porque la cuatro extracciones podía esperar, divisé un modelo fantástico de Porsche, una divinidad de coche, o, dependiendo de la adscripción nacional del chófer -como sucedió finalmente-, un auto muy boludo. Transitaba hacia la puerta de la pizzería, con el tumbao que tenemos los calvos al caminar, cuando contemplé, a mi derecha -que era izquierda del histórico boliche e integrado en un grupo que entonaba dulce conversación- una jeta absolutamente familiar. A supersónica velocidad, batiendo todos los registros del cohete soviético Soyuz, a cuenta de la emoción del momento, noté cómo los cables de transmisión de mi sistema nerviosísimo enviaban datos a mi cerebro, donde ya mi centro de datos (o memoria, como lo llamamos en el campo) organizaba y recomponía totalmente el puzzle hasta confirmar la identidad del extraordinario espectro (o fantasma, como lo llamamos en el campo, también, sin ánimo de ofender). Era él, sin duda, porque -en tiempo pretérito e imperfecto- Caín ya me había soplado que mi muso (o uno de mis más célebres musos) se enseñaba habitualmente en la calle con la espectacular montura diseñada por el nazi -austríaco- Ferdinand Porsche, curiosamente autor -a la sazón- de la maqueta del Volkswagen Escarabajo, el coche de los sueños de Chachi López; coches ambos que -abandonados en gélidos garajes por chóferes y propietarios muy desentendidos- se han visto habitualmente calados (y amontados en las grúas) en el 98 por ciento de los semáforos de la Muy Noble Leal e Invicta Santa Cruz de Santiago de Tenerife. En la mesa de aquella terraza de la "Pizzería Da Carmelo", digo, se encontraba Pablo Paz, Pablito Guerra por su temperamento, con quien coincidía por vez primera en la calle desde que decidí convertirlo en el destinatario estelar de mi modelo de periodismo crítico, espontáneo y constructivo; puesto que el porteño bailaba más que futboleaba, como Fred Astaire en "Sombrero de Copa", y, nosotros, el Tenerife y los tinerfeños, nos íbamos a Segunda División, lo que a mi me carcomía mis vesícula biliar, hígado, diafragma, páncreas y bazo, entre otros órganos digestivos, por el mismo precio. Cuando ingresé en la pizzería, allí estaba mi querido amigo Carmelo, el dueño y administrador de las pastas, el cual -conociendo los precedentes de la relación- estaba reventado de la risa, pero preocupado y tenso también por las posibles consecuencias del choque sobre el mobiliario del restaurante. Una vez ubicados, la pibita y yo, advertí con bastante pena que Pablito me quedaba muy lejos; tanto que -si hubiera decidido intentarlo, que no lo creo- me habría resultado imposible impactarlo vitalmente con el lanzamiento de una miguita de pan o un residuo volador de ravioli. Tras consultar el menú de deportistas confeccionado por Carmelo, vi que se despachaban platos con los nombres de celebridades como Emerson, Lussenhoff, Juanele y el propio Pablo Paz; plato este último que contenía un cordón bleu estupendo, con más queso -y es decir- que su propio inspirador, y plato el cual me pedí, porque no todos los días me puedo comer un Pablo Paz con papas fritas (valga la rebundancia) por seis euros. Junto a Pablito Guerra, se encontraba -al parecer- Martín-Posse, el cual ha sido un gran fichaje de Don Francisco Oui-Oui. Creo que era Martín-Posse, y no estoy muy seguro, porque me lo dijo la pibita mía, en cuanto que la efigie del muchacho no figura en el coleccionable de "Marca" y por tanto está fuera de la órbita de mi conocimiento. Insistió la pibita en que el acompañante de Pablo Picapizzas era Martín-Posse, el cual, a su juicio, es muy mono; juicio por el cual me fui directamente al baño a descargar la calentura, porque -se lo dije- no sé yo qué tiene Martín-Posse que no tenga yo. Tras el pertinente diálogo, y mientras Pablito Guerra recogía civilizadamente sus pertenencias y se amontaba en el Porsche -al objeto de hacer algún recorrido espacial con el estilazo del Explorador Polar de Marte-, me abajé del burro emocional. Y le pedí a la pibita, insisto, que firmáramos la paz o la posse, lo que ella quisiera, pero algo, porque ya tenía yo la claustrofóbica sensación de que tenía a toda la pizzería en contra.

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