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Principios de la convivencia

JUEVES, 24 DE JULIO DE 2003 18:37
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EN ESA SERIE DE REFLEXIONES en las que nos encontramos habitualmente, abrumados por el exceso de tareas que nosotros mismos nos imponemos, un poco para salir de la presión a la que nos someten los avatares de una vida trepidante llena de intrigas, traiciones e infidelidades, la cual nos ha marcado seriamente en los pasados años, en esa serie de reflexiones, decimos, nos espanta observar cómo el género humano se va pervirtiendo de una forma falaz y continua, que penetra en todos los órdenes de la vida sin contemplaciones de ninguna clase.

Episodios inexplicables en una buena teoría deontológica, como los repetidos casos, ahora de moda, en el ambiente político, no hacen otra cosa que reforzar nuestro particular escenario, donde cada vez tenemos menos cosas en las que creer.

Escribíamos hace poco el pensamiento de John Rustinc: "No importa lo que pensemos o lo que creamos, lo que verdaderamente importa en lo que hacemos". Si todos analizáramos los hechos de nuestra vida, y los comparáramos con "lo que creemos o pensamos", seguramente nuestra actitud ante el prójimo cambiaría bastante. Seguro que en muchos casos, de forma sorprendentemente diferente. Nos estamos refiriendo, claro está, no a los hechos en los cuales nos vemos involucrados de forma muchas veces involuntaria, sino a aquellos otros en los que somos actores responsables de los mismos. Aquellos en los que hemos sido los causantes de más de una gran tragedia, sin tener para nada en cuenta ni la sensibilidad ni el daño que hemos hecho con nuestra flagrante irresponsabilidad a empresas, familias y personas que no merecían para nada ese mal trato.

Claro que nos estamos refiriendo, y convocando a la reflexión, a aquellas personas que pueden llegar a comprender el mensaje. Aquellas otras taradas o deformadas en su vida, por una mala educación, un desarraigo evidente de la sociedad o una formación propiciada para el mal, no podrán nunca entender lo que aquí escribimos, alentados por algunos sociólogos con quienes debatimos este y otros problemas colaterales, como terapia para alejarnos de situaciones que contemplamos a nuestro alrededor, en las que humillantes, injustas y falsas acusaciones abren las puertas de la vida para presentar a esas personas que "juzgan a los demás por lo que ellas mismas son". Son las mismas irresponsables que se pasean por el mundo sin importarles para nada sus obligaciones y compromisos, aunque hayan sido contraídos ante notarios públicos o en los mismos altares de la cristiandad. ¿Qué es una raya más para un tigre?

Pararnos en estas reflexiones es como pasearnos en el jardín de los recuerdos, donde las cosas son de bellos coloridos y de ilusionante perfume. Es como traer a la memoria los ratos felices de una vida en la cual las máscaras de las personas estaban todavía intactas. No había muertos ni heridos. La lealtad flotaba todavía en el ambiente. No se habían involucrado todavía a familias enteras en las tragedias humanas de la envidia, la sinrazón o la injusticia... la mentira.

Ahora, ante "el gran teatro del mundo", la ilusión tiene que ser reforzada por nuevas vivencias, nuevos proyectos, nuevas metas, nuevos escenarios... Todo lo que pueda ser una nueva vertiente de la vida que ayude a olvidar a quienes quedaron marcados ya, para toda la vida, como símbolos permanentes de la ingratitud, la infidelidad... la desgracia. Aunque a algunos la sonrisa les pueda brotar en la cara, con ese rictus de maldad y esas arrugas que siempre han tenido en su interior, ahora en el exterior, y que ya nunca los abandonarán.

Nuestros principios para la convivencia nos ayudan a estar lejos de esas fuentes del mal. El ideal de servicio de Rotary Internacional es un refugio. "Dar de sí, antes de pensar en sí". Hay un letrerito sobre una cama que dice: "A mí hay quien no me engaña". Ironías de la vida...

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