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África en tinieblas


25/may/03 21:31
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Regreso de un nuevo viaje a África con la misma sensación de desazón e impotencia que en ocasiones anteriores, esta vez después de toparme con la tragedia social y el drama humano de los niños soldados. Como me ocurre casi siempre, no puedo decir que la última experiencia es peor que las anteriores, pero ninguna es mejor que otras, y todas igualmente terribles.

En Guinea Ecuatorial, cuando llegué en octubre de 1979, el dictador Macías Nguema había sido fusilado días antes y su cadáver enterrado en una huerta próxima al puerto de Malabo, por detrás del Hotel Bahía en que me alojaba. En la tierra de aquella improvisada tumba, alguien había clavado un palo del que colgaba un zapato vuelto al revés, un conjuro para que aquel espíritu salvaje y cruel no fuera reencarnado en alguien. En la inmensa Soweto, Nelson Mandela quiso que conociéramos sus interminables calles, a veces polvorientas, otras convertidas en un cenagal y con frecuencia ambas cosas, en las que conviven la miseria, las torrenteras de aguas negras, las ratas vivas y muertas y la más alta tasa de criminalidad del mundo. En Angola, al final de una guerra interminable y cuando se intuía una paz que tardaría algunos años en alumbrar, vi los siniestros efectos de centenares de miles de minas que algunos, quizá todos, habían sembrado en las fértiles tierras y en los caminos, haciendo imposible poner en marcha una agricultura productiva y ocasionando la mayor concentración de lisiados a los que la explosión de una bomba había amputado una pierna, las dos, o medio cuerpo.

En Mocuba, en el Mozambique profundo, conocí los efectos de una epidemia de cólera como las que Europa padeció en la Edad Media. Una campanilla anunciaba el paso de un nuevo cadáver llevado en parihuelas y cubierto con unas ramas de árbol, mientras la gente se apartaba en medio de un pesado silencio y se santiguaba haciendo la señal de la cruz. En el Congo, en los dos Congos, conocí cómo es el infierno, a los pigmeos esclavizados y en vías de extinción y a miles de refugiados y desplazados que se hacinaban en lo que antes había sido una granja de cerdos. Ahora en Costa de Marfil encontré a los niños soldados, algo que todos denuncian pero que todos los grupos en conflicto, por razones étnicas, religiosas o políticas, utilizan por igual. Costa de Marfil, hasta hace poco una excepción de estabilidad y de cierto bienestar en un continente en tinieblas que ni el mismo Joseph Conrad pudo imaginar cuando escribió aquel libro en el que narró las complejidades de las personalidades humanas, desnudas y enfrentadas mientras navegaba a lo largo del Río Congo. En Costa de Marfil muchas madres rechazan que sus hijos vayan a la escuela ante el temor de que no regresen nunca. La imagen de un niño de apenas catorce años con una ametralladora al hombro y sus cartucheras llenas de munición es un puñetazo en la conciencia del que resulta difícil recuperarse e imposible de olvidar. En una reunión con el director del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), junto a los responsables de otras agencias internacionales y ONG presentes en Abidján, la capital comercial de un país ahora partido por la mitad, nos informaron que el número de niños desaparecidos es mayor que el de niños soldados estimado, lo que les hace pensar que muchos de ellos están siendo vendidos como esclavos o simplemente asesinados para extraer sus órganos y venderlos a mafias organizadas que trafican con ellos para su trasplante en algún lugar del mundo civilizado o transformarlos en piensos enriquecidos para la alimentación de animales de granja. Un mundo de tinieblas que cubre un continente en el que no se ve una luz al final del túnel.

* Eurodiputado

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