HACE UNOS DÍAS escuché en un programa de radio, creo que en "La ventana", a dos eruditos hablar del Bien y del Mal. Uno de ellos argumentaba que el Mal no era el contrario del Bien, sino su complementario; esto es, que uno necesita del otro para ser y que ninguno tiene sentido por sí solo.
Aunque sólo pude seguir el debate parcialmente, me llamaron la atención dos cosas: una, que se hablara en un programa de radio del asunto con un enfoque filosófico y, otra, que los oyentes participaran animosamente en el mismo.
Los invitados recurrieron al cine para explicar sus posiciones y a mí se me vino a la cabeza inmediatamente una película que puede condensar esa complementariedad de la que hablaba antes: "La naranja mecánica", de Kubrick. Allí, el que comparece como la encarnación del Mal, Alex De Large, es odiado durante una gran parte de la película por el espectador, que asiste atónito a una sinfonía de crueldades interminable. Pero héte aquí que una vez encerrado y sometido a un execrable procedimiento de rehabilitación, se nos antoja como una víctima y ya no representa, por lo menos en nuestra mente, el Mal. Hemos pasado de una percepción a otra casi sin darnos cuenta. El Bien y el Mal están tan relacionados que para distinguirlos lo más apropiado es acudir al concepto de "peor", que siempre deja la puerta abierta al abismo.
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