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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

Cómo vivir la paz


26/mar/03 21:25
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LA PAZ es la reflexión de mayor dominio incesante en nuestros tiempos. El anhelo renovador de una humanidad que sigue destrozándose. El grito incontenible de unos pueblos que están hartos de ser manipulados. La paz es y será siempre un deseo universal. Pero ¡es tan difícil construirla! Cuando la pretendemos edificar sumando simplemente los intereses de unos y otros, lo que conseguimos siempre es aumentar la confusión. Por este camino la paz la hacemos y la consideramos como sinónimo de victoria; pero luego nos damos cuenta de que el dolor de los vencidos mal puede casarse con el gozo de los vencedores. Toda paz conseguida solamente a base de reuniones, consensos, documentos y acuerdos, componendas y más componendas, con el paso del tiempo constatamos que esa pretendida paz lleva dentro, todavía vivo, el germen de la discordia. La historia de esta realidad, ahí está.

La paz es algo más. Es un don. No se consigue con meras manifestaciones de pancartas y protestas políticas. Tampoco con que guarden silencio los cañones, con no tirar bombas desde los aviones... si los corazones permanecen en pie de guerra. Sin un cambio de actitud propiciado desde dentro, es inútil que nos crucemos palabras bonitas; que firmemos alambicados documentos a los máximos niveles políticos.

La paz verdadera nunca puede nacer en este ambiente, si antes no se ha curado, desde lo hondo, la herida que nos está convirtiendo en enemigos. Y esta herida sólo puede ser curada con el medicamento infalible del amor; un amor que, al dirigirse al que hasta ahora era nuestro enemigo, recibe el nombre de perdón y el enemigo, al mismo tiempo, consciente de esta necesidad de perdón, reconoce su error y se entrega a reparar con los medios posibles el daño causado.

El día que aprendamos todos, políticos y no políticos, a perdonarnos así, estaremos entrando y avanzaremos por el verdadero camino de la paz. Pero ¿cuándo llegaremos a convencernos de que nunca habrá objetivo más humanamente alcanzable, que pretender que todos los que han estado enzarzados en una guerra, no sólo depongan las armas - sea cual fuere su serie - sino que se amen y se perdonen? Sólo Dios es capaz de desmontar en el corazón de todo ser humano los mecanismos imparables del odio, del egoísmo, del crimen. Por eso esta paz hay que implorarla de arriba y con firme esperanza, poniendo todos los medios posibles, personales y comunitarios. Esto es llegar a la verdadera paz, el don evangélico, donde no hay ni vencedor ni vencidos. Todos somos hijos de Dios y como hermanos nos queremos.

"¡Cuánto importa - en palabra de Juan Pablo II - convencerse de que siempre hay espacio para conseguir esta paz; que empeñarse en negociaciones no significa humillarse, sino trabajar responsablemente por la paz! Los responsables políticos de Bagdad tienen el deber urgente de colaborar plenamente con la comunidad internacional para eliminar todo tipo de intervención armada,... Pero también quiero recordar a los países miembros de las Naciones Unidas, y, en particular, a los que componen el Consejo de la Seguridad, que el uso de la fuerza, representa el último recursos,... Después de haber agotado cualquier otra solución pacífica, según los bien conocidos principios de la misma Carta de la ONU. ¡Responsabilidad y esfuerzo común para evitarle a la humanidad otro conflicto dramático!". ¡Cómo se olvida! Tampoco ahora, como en 1991, el "poder de EE.UU. y del Iraq, no han escuchado la voz salvadora de Juan Pablo II para estas dos naciones y para todas las del planeta".

* Capellán de la Clínica San Juan de Dios

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