1. - Un artículo, publicado en esta misma sección, sobre espías en Canarias (27 de febrero) ha provocado un delicioso e-mail de Xiomara Cruz, nieta de José Cruz Ramírez, a quien tuve el placer de conocer en Buenos Aires en la década de los ochenta. Xiomara vive ahora en Tenerife, como el resto de su familia, y me habla de lo que significó su abuelo para ella, algo muy importante. Hay un pasaje muy bonito en su carta: "...de niña crecí entre folías y bailes canarios, papas arrugadas y potajes con gofio; mi mayor recuerdo es un gran cuadro con un Teide nevado, colgado en el salón de la casa de mi abuelo, como orgullo de su tierra amada de la que siempre hablaba con emoción". José Cruz salvó del paredón de fusilamiento a muchos tinerfeños. Era un hombre de izquierdas; un día, en pleno inicio de la contienda civil española, llegó a sus oídos que alguien iba a delatar a los masones tinerfeños, él lo era en un grado muy inferior. Cierta noche, sin dudarlo, realizó una gesta muy poco conocida en la historia de la guerra civil en Canarias. Penetró, valiéndose de una llave que le entregaron, en la Logia de la calle de San Lucas, vigilada ya por falangistas, robó las listas de los masones importantes que iban a ser condenados a muerte por el nuevo régimen, las metió en una lata de galletas inglesas y las entregó, en el muelle, al capitán de un buque belga cuyo nombre no me reveló. De las listas nunca más se supo y la policía de Franco sólo pudo detener a los masones "menores", algunos de los cuales sufrieron graves penas de prisión, pero no la muerte, tan sólo por formar parte de la organización. Las listas importantes jamás aparecieron, ni sus integrantes reconocieron nunca, tras la guerra y hasta hoy, pertenecer a la Logia santacrucera.
2. - Agradezco este mensaje de Xiomara. Su abuelo, creo recordar, era dueño de un taller de mecánica en Buenos Aires. Se exilió a Argentina, pero antes estuvo en Venezuela, donde fue conductor del general Gómez y guardaespaldas de su hermana, tan influyente. El relato de su vida me conmovió, era todo un estuche de peligros y aventuras. Un hombre de conversación muy amena que contaba historias muy interesantes de la vida en Latinoamérica de principios y mediados del siglo XX. Y, efectivamente, nunca olvidó a su tierra porque a medida que iba relatando el episodio del robo de las listas describía con precisión de delineante las calles de Santa Cruz, las vueltas que tuvo que dar para sortear las patrullas de Falange, las personas (siempre sin nombres) que facilitaron su acción. Estoy seguro de que el abuelo de Xiomara Cruz se llevó a la tumba muchos secretos de aquellos días terribles de la guerra civil en Tenerife.
3. - De la lista de Cruz, como sí ocurrió con la de Schin-dler, no se rodó una película, todo quedó en la nebulosa de los tiempos. Pero él siempre vivió con la satisfacción de haber salvado muchas vidas de compatriotas masones que hubieran sido fusilados sin piedad por el régimen que se instalaba en España. Cuando le insistía para que me diera nombres, sonreía y se negaba. Ni siquiera conseguí que me revelara el del buque que sacó las listas de la isla, ni el de su capitán. Quizá dejara alguna nota escrita, quizá no. Pero lo importante, Xiomara, fue la hazaña de tu abuelo, el corazón que tenía, el entusiasmo que ponía en sus relatos y su valentía. Le recuerdo con mucho afec-to.
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