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Aquelarre de Carnaval

La plaza de San Pedro, en Güímar, acogió anoche un original auto sacramental con un espectáculo multimedia en el que San Miguel, que representa el bien, vence a Satanás.

8/mar/03 24:58
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EL DÍA, Güímar

La plaza de San Pedro acogió anoche el original aquelarre de Carnaval que se pusiera en escena hace once años y que, desde esta edición, se representará todos los años, pues hasta 2002 se venía desarrollado de forma bianual.

Con esta representación, más conocida como Las Burras de Güímar, esta localidad sureña se convierte en un referente en los entierros de la sardina de la Isla, pese a ser prácticamente el único acto de Carnaval que se celebra en esa localidad. Se trata de un auto sacramental con una ornamentación cuidada y una puesta de escena exquisita, que sorprende al espectador, aunque ya sea un habitual de estas representaciones.

La función comienza con un pasacalle de la sardina, que se traslada acompañada por una comitiva integrada por máscaras ataviadas con sábanas blancas y viudas, desde el Alpende de la Capilla de San Pedro Arriba hasta la plaza del mismo nombre. Allí, a las puertas de la iglesia, comienza el auto sacramental que tiene a Fray Andrés - al parecer un dominico conocido en Güímar - como narrador.

Comienza el espectáculo con la matanza de un cochino a manos de un grupo de campesinos de época. Tras la muerte y en medio de la fiesta que disfrutaban los oriundos del lugar, descubren la presencia de unas huellas sospechosas. "Las brujas malditas vinieron aquí con sus maleficios".

¡Oh, sorpresa! Son huellas de patas. Patas de burras.

Con el público en corro - quizás sea eso lo poco que se pueda reprochar a la organización, que no instaló sillas o gradas para facilitar la visión al espectador - llegan las burras endiabladas, a las que se enfrentan los campesinos y, tras apuñalarlas, logran desenmascarar a las brujas, que pierden sus cabezas de burras y se quedan desnudas.

Las brujas invocan al maligno: "Esos simples magos estúpidos se han asustado de nuestros suplicios. Ahora verán el gran estropicio y más, sufrirán el peor perjuicio" y, al término del rezado, aparece Satán, que en esta manifestación popular, en donde participa medio millar de vecinos, está conducido por el mismo concejal de Fiestas, Javier Eloy Campo. Se trata de un muñeco esquelético de cuatro metros de alto cuyo cuerpo lleva el edil. Cada una de las manos las mueven dos ayudantes con bastones. A su llegada por un lateral, la plaza arde como si se tratara del mismo infierno, en medio de gritos y una música estridente. Con la comitiva frente a la iglesia, se incrementa la tensión con el baile de brujas y diablos a ritmo de batucada, una felicidad que viene a interrumpir la inquisición.

Un obispo zancudo sube a la plaza por otro lateral, en medio de estandartes: "Espíritus malditos, ángeles de maldad. De esta villa sus siniestras tropas sacarán".

Llega el zenit: el arcángel San Miguel, como caído del cielo (en este caso se balancea en una cuerda que cruza la plaza de lado a lado) pasa por encima del público con espada en ristre para matar a Satanás. Es entonces cuando el obispo condena a las brujas a la hoguera de la Sardina, aunque, para garantizar el espectáculo, las exculpa hasta el próximo año. Genial.

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