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LO QUE ES ENRIQUE GONZÁLEZ

Juan Nadie


16/feb/03 21:21
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UNO DE LOS INCONVENIENTES más serios, y más duros de cumplir, que tiene el ejercicio libre del médico es la hipoteca de su tiempo. La individualidad de su asistencia y lo imprevisible de las enfermedades hace que el tiempo no le pertenezca. Y un médico, que es hombre como otro cualquiera, necesita algunas horas del día para satisfacer no sólo sus necesidades naturales sino sus inclinaciones a determinadas materias, aparentemente alejadas de su profesión. Por mucho que sea la vocación, siempre hay algo que lo obliga a trampear con el tiempo. Aunque, para tranquilizar su conciencia, busca fórmulas preventivas que nunca dañen las exigencias temporales de su contrato moral con los enfermos.

Hubo un médico muy famoso en Tenerife que, según cuentan, para descansar y leer tenía una buhardilla a la que sólo se podía subir por una escalera portátil. Una vez arriba el chófer, su confidente, quitaba la escalera y el médico se quedaba incomunicado durante varias horas o varios días. Nadie sabía dónde estaba. Y nadie podía solicitar sus servicios. Cuando había disfrutado de la soledad de la buhardilla y su cuerpo había descansado, con una contraseña especial, llamaba al chófer para que pusiera la escalera. Sus ausencias no tenían explicación y él, escondido, no sentía remordimiento por no atender a los enfermos. Ignorancia por ignorancia.

Otro buen recurso era un largo viaje. Un viaje a Madrid o Barcelona, casi siempre con el pretexto de un congreso que no existía, y, si existía, acudía sólo a los actos sociales. La casualidad hizo que un médico y un practicante de un mismo pueblo de la Isla se encontraran en Madrid. Fue a la salida de un teatro. El médico, que se creía imprescindible, le dijo al practicante, que era casi médico: - ¿Qué será de aquella gente sin nosotros? El practicante no contestó, se limitó a sonreír. Nadie es imprescindible.

Y resultó que un médico recordaba, como una de las mejores películas de su adolescencia, la titulada Juan Nadie. Por Gary Cooper y Barbara Stanwyck. Cuando la televisión empezó su triunfante y arrolladora andadura, y aún no existían grabadoras, y si existían él no las tenía, anunciaron que a las 10 de la noche, por la única cadena, proyectaban nada más y nada menos que Juan Nadie. El médico recordaba a los dos mendigos debajo del puente hablando de los inconvenientes del dinero. "No aceptes. Conozco a muchos que han terminado como unos desgraciados con una cuenta corriente en el banco". Recordaba el ascenso del mendigo y su utilización política. Y recordando todo aquello, decidió ver de nuevo la película. Y para que fuera posible, dijo en su casa que no estaba para nadie, sea quien sea el que llame.

Pero no hay un mentiroso que no tenga su castigo. Mientras el médico disfrutaba de aquella película del largo Gary y la baja Barbara, sonó el timbre de la puerta de su casa. Se trataba de un enfermo de un pueblo muy alejado del suyo. La persona que acudió a la puerta dijo que el médico había salido a visitar a un enfermo grave y que tardaría por lo menos una hora. El enfermo y los acompañantes contestaron que no tenían inconveniente alguno en esperar. Los pasaron a la sala de espera. El médico terminó la película. Por una puerta que no comunicaba con la consulta salió sigilosamente a la calle. A los pocos minutos volvió a su casa y para llamar la atención silbaba sin parar. Preguntó en alta voz, para que lo oyeran los que estaban en la sala de espera, si había alguna llamada para él. Le contestaron que en la sala de espera había un enfermo. Entonces, el médico, con falsas muestras de sorpresa, saludó amablemente al enfermo y sus acompañantes. Y para desconcierto suyo y vergüenza propia, el enfermo le preguntó si le había gustado la película. El médico, avergonzado, se escondió en el silencio. Por dentro, sintió una mezcla de ridículo y de agradecimiento. Ridículo por la estúpida estrategia que había montado. Y agradecimiento por la comprensión del enfermo.

La cosa fue peor, al menos con peores consecuencias. Un médico, escondido en su despacho, no respondía a las llamadas que desde la puerta de la calle hacían con insistencia los familiares de un enfermo. Esperó hasta que cesaron las llamadas. Por una rendija de una de las ventanas observó que, sentados en la acera, unos hombres esperaban a que él apareciera. La noche estaba muy avanzada, el médico tenía mucho sueño. Decidió ir a su piso que estaba en un edificio contiguo a la consulta. Con la puerta bloqueada, decidió escapar por el tejado, con tan mala suerte que resbaló y cayó, como venido del cielo, como un milagro, precisamente delante de los que lo esperaban. Lo trágico - cómico es que lo tuvieron que atender los que pretendían ser atendidos. Y es que las mentiras siempre se pagan. Y como Juan Nadie no somos nada. No somos lo que creemos que somos sino lo que los demás creen que somos.

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