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Joan Gaspart, una nueva vía de santidad


9/feb/03 21:21
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PUEDE QUE UNO de los fenómenos más interesantes de estos momentos, en España y buena parte del mundo, sea el fútbol. Hace años que este deporte se ha convertido en algo más profundo y extenso que un simple deporte. Se dice que en el índice de felicidad está, como un factor importante, el que gane el equipo favorito, al menos una vez cada dos semanas. Se critica las elevadas cifras de euros que cobran los futbolistas, pero se siguen pagando. Se asegura que todos los clubs están arruinados, pero siguen gastando. Se afirma que todos los años mueren varios aficionados, no sólo por accidente sino por las emociones incontroladas, especialmente en los penaltis. Y de los programas de televisión y de radio, los espacios más vistos y oídos son los dedicados al fútbol. Y si se analiza bien lo que es el fútbol, correr detrás de un balón, darle patadas a un balón e intentar meterlo entre tres palos, engañar al contrario e insultar al árbitro, aun desconociendo el oficio de su madre, no se comprende las pasiones que desencadena ni los quebraderos de cabeza que produce.

Uno recuerda cuando en Tenerife había un equipo por barrio o por ciudad. Los jugadores entrenaban cuando terminaban el rudo trabajo del muelle o del campo. Los entrenadores complementaban su ocupación con otro trabajo. Y los directivos, hombres ricos, se gastaban unos pocos miles de pesetas al año, y lo hacían por mantener el orgullo del barrio o de la ciudad y también, por qué no, por aquello de ser presidente o directivo de algo. Las cosas han cambiado. Estamos más cerca de la locura que de la cordura. Para evitar el despilfarro crean las sociedades anónimas. Para peor. Los presupuestos de los equipos de fútbol, a causa de que cada equipo quiere lo mejor y lo más caro, se desbordan a cifras de muchos ceros, aunque el euro reduzca los muchos ceros de las pesetas. Y cuando las sociedades anónimas se arruinan, piden ayuda a las entidades bancarias, a los empresarios y a los órganos de gobierno. Y la generosidad política la paga el pobre contribuyente, sin tener en cuenta si le gusta o no le gusta el fútbol.

Uno comprende que muchas personas pasan la tarde del domingo disfrutando o sufriendo en los partidos de fútbol. Si hay satisfacción o disgusto, quizá lo pida el cuerpo ante la monotonía del resto de la semana. Se dice que es una buena vía de escape de la agresividad que mucha gente tiene dentro de su reprimido cerebro. Quizá sea el sustituto natural de las guerras fronterizas. O, quizá, sea el deseo de ganar al poderoso o de humillar al débil. De todo esto y mucho más se puede hablar del fútbol. Lo que nunca se dijo ni está escrito es que el fútbol sea una vía de santificación.

Creo que la primera canonización por el fútbol será la del presidente del Barcelona, Joan Gaspart. Ver a este hombre con la cara seria, las mandíbulas apretadas, los músculos faciales contraídos, la nariz afilada, los ojos rojos, próximos al llanto, y la mano en el cachete, con humildad y paciencia, absorbiendo todos los fallos y pecados del barcelonismo, mientras noventa mil personas lo insultan, y él no hace un gesto de protesta ni pronuncia palabra alguna, recuerda la fuerza espiritual de los santos en el circo romano, mientras los leones se avalanzaban sobre ellos. Recuerda al joven Sebastián soportando las flechas en sus frescas carnes. O a Juana de Arco, impertérrita sobre los leños ardiendo.

Y como ya no hay la posibilidad de retirarse al desierto, por lo de las guerras preventivas y la lucha por el petróleo, algo así como una peligrosa vacuna para evitar una potencial y remota enfermedad. Y la posibilidad de hacerse ermitaño es imposible por la superpoblación, pienso que la mejor fórmula de alcanzar en estos tiempos los altares es llegar a presidente de un equipo de fútbol. Y que sea un equipo de los grandes como el Barcelona, que, como muchos dicen, son verdaderas religiones (repásese la extensa bibliografía sobre Jesús Gil y Atlético de Madrid). Y si, además, deja que lo insulten y sólo pide caridad cristiana, sólo caridad cristiana, ¿qué precisa Gaspart para ir a los cielos? Se ha dicho, por quienes saben de santidades, que cualquier profesión hace posible el camino de lo santo. ¿Qué mejor profesión para lo santo que la de presidente de un equipo de fútbol?

La cosa no es tan fácil. Primero hay que tener mucho dinero. Segundo, ser un gran aficionado. Tercero, contratar a un mal entrenador y fichar a malos y caros futbolistas. Luego, ir al campo, a semejanza del circo romano, perder varios partidos, y, al ser insultado, elevarse en el palco, como si del pretorio se tratara, y recibir estoicamente la injusta sentencia de la concurrencia afiebrada por el fracaso de una simple diferencia de goles.

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